Hace unos segundos que he
cerrado “El océano al final del camino”. Neil Gaiman lo ha
vuelto a conseguir. Sí, es cierto, hay escritores mucho más
complejos que el señor Gaiman. También es cierto que hay un número
ingente de autores infinitamente peores. Hordas. Legiones. Ejércitos
de nulidad.
Pero creo que, en este
caso, no hablamos de la capacidad de creación de la frase más
enrevesada o el abracadabra lingüístico más explosivo. Hablamos de
transmitir. Hablamos de emoción. De recuperar ese momento, cuando no
se es niño del todo pero estás a muchas curvas del camino de ser
adulto, cuando mueres por saber que pasa en la siguiente página,
peleas por aguantar con la luz encendida cinco minutos más e,
incluso, a oscuras, buscas las mañas para no cerrar el libro. Es una
época especial. Un libro de Gaiman es una especie de T.A.R.D.I.S que
nos ayuda a atravesar el universo de nuestras vidas, y nos deja
saborear aquella sensación de descubrimiento. El mundo es brillante,
nuevo y mágico otra vez.
Hace ya más de diez años
que me enfrenté a la lectura de The Sandman por primera vez. Ya
amaba el cómic por encima de todas las cosas, pero esa obra en
particular fue el certificado de una pasión eterna, más allá del
paso del tiempo. Cuando cerré el último número de The Sandman,
algo extraño ocurría. Por dentro, me sentía distinto. Más
pequeño. Un poco más humano. Sentía que había sido testigo de
algo especial, y al mismo tiempo, una profunda tristeza invadía
todos los poros de mi cuerpo, porque sabía que nunca más
experimentaría algo tan enorme como cerrar por primera vez el último
número de Sandman. Leo y vuelvo a la historia de Morfeo a menudo,
porque siempre aprendo algo nuevo de sus páginas, pero ese segundo
mágico se quedó anclado en mi historia personal, para no volver a
repetirse.
Hasta este instante, en
el que cierro “El océano al final del camino”. Una historia
pequeña. Sobre el recuerdo, el valor de lo maravilloso, lo terrible
de nuestros monstruos, la confianza y la superviviencia. Sobre la
capacidad de creer, sobre ser niño. Cosas que es necesario que
formen parte de nosotros. De nuevo me he sentido pequeño, de nuevo
me he sentido un poco más humano. Y, otra vez, me ha inundado la
melancolía (sana) y la tristeza que provoca el saber que nunca más
en la vida cerraré “El océano al final del camino” por primera
vez. Quería que el viaje fuese infinito. Pero algo he aprendido a lo
largo de mis años de lecturas con Gaiman. Al final, todo viaje tiene
un final, y, por supuesto, hay que pagar las cuentas.
Ha sido como despedir a
un amigo en el andén de una estación, alegre por la aventura que
empieza, pero triste porque no tienes muy claro si volverás a
cruzarte en su camino. Como encontrarse con una foto de los amigos
del instituto, y que en tu cabeza se agolpen todas y cada una de
aquellas tardes en el parque, escribiendo futuros, fabulando vidas.
Eso ha significado cerrar “El océano al final del camino”por
primera vez.
Como decía, hay
escritores mejores que Neil Gaiman. También, hay una lista
interminable y terrible de escritores peores. Hordas. Legiones.
Armadas clónicas, como extraídas de una galaxia lejana, muy lejana.
Pero hay muy pocos, quizá
se puedan contar con los dedos de la mano (aunque depende, claro, de
los dedos que tengas), capaces de disfrazarse de cuentacuentos, de
fabulista, de mago, de guía por mundos que apenas llegamos a rozar
con nuestra cercenada capacidad de sueño. Hay muy pocos que se
deslicen con tanta elegancia en esos rincones de mí que incluso yo
olvido que tengo repartidos por eso que llamamos alma. Pocos son tan
cálidos, amables y esperanzadores, incluso con nuestras pesadillas.
Necesitamos a escritores
como Gaiman. Aunque los hay mejores. Y peores (ya sabéis, hordas,
ejércitos, legiones...). Necesitamos en un mundo gris y aburrido,
alguien que se encargue de repartir magia.
Alguien que nos recuerde
la emoción agridulce y plena de cerrar una historia especial por
primera vez.
@SantiagoNeg

