viernes, 10 de enero de 2014

El océano al final del camino

Hace unos segundos que he cerrado “El océano al final del camino”. Neil Gaiman lo ha vuelto a conseguir. Sí, es cierto, hay escritores mucho más complejos que el señor Gaiman. También es cierto que hay un número ingente de autores infinitamente peores. Hordas. Legiones. Ejércitos de nulidad.
Pero creo que, en este caso, no hablamos de la capacidad de creación de la frase más enrevesada o el abracadabra lingüístico más explosivo. Hablamos de transmitir. Hablamos de emoción. De recuperar ese momento, cuando no se es niño del todo pero estás a muchas curvas del camino de ser adulto, cuando mueres por saber que pasa en la siguiente página, peleas por aguantar con la luz encendida cinco minutos más e, incluso, a oscuras, buscas las mañas para no cerrar el libro. Es una época especial. Un libro de Gaiman es una especie de T.A.R.D.I.S que nos ayuda a atravesar el universo de nuestras vidas, y nos deja saborear aquella sensación de descubrimiento. El mundo es brillante, nuevo y mágico otra vez.
Hace ya más de diez años que me enfrenté a la lectura de The Sandman por primera vez. Ya amaba el cómic por encima de todas las cosas, pero esa obra en particular fue el certificado de una pasión eterna, más allá del paso del tiempo. Cuando cerré el último número de The Sandman, algo extraño ocurría. Por dentro, me sentía distinto. Más pequeño. Un poco más humano. Sentía que había sido testigo de algo especial, y al mismo tiempo, una profunda tristeza invadía todos los poros de mi cuerpo, porque sabía que nunca más experimentaría algo tan enorme como cerrar por primera vez el último número de Sandman. Leo y vuelvo a la historia de Morfeo a menudo, porque siempre aprendo algo nuevo de sus páginas, pero ese segundo mágico se quedó anclado en mi historia personal, para no volver a repetirse.
Hasta este instante, en el que cierro “El océano al final del camino”. Una historia pequeña. Sobre el recuerdo, el valor de lo maravilloso, lo terrible de nuestros monstruos, la confianza y la superviviencia. Sobre la capacidad de creer, sobre ser niño. Cosas que es necesario que formen parte de nosotros. De nuevo me he sentido pequeño, de nuevo me he sentido un poco más humano. Y, otra vez, me ha inundado la melancolía (sana) y la tristeza que provoca el saber que nunca más en la vida cerraré “El océano al final del camino” por primera vez. Quería que el viaje fuese infinito. Pero algo he aprendido a lo largo de mis años de lecturas con Gaiman. Al final, todo viaje tiene un final, y, por supuesto, hay que pagar las cuentas.
Ha sido como despedir a un amigo en el andén de una estación, alegre por la aventura que empieza, pero triste porque no tienes muy claro si volverás a cruzarte en su camino. Como encontrarse con una foto de los amigos del instituto, y que en tu cabeza se agolpen todas y cada una de aquellas tardes en el parque, escribiendo futuros, fabulando vidas. Eso ha significado cerrar “El océano al final del camino”por primera vez.
Como decía, hay escritores mejores que Neil Gaiman. También, hay una lista interminable y terrible de escritores peores. Hordas. Legiones. Armadas clónicas, como extraídas de una galaxia lejana, muy lejana.
Pero hay muy pocos, quizá se puedan contar con los dedos de la mano (aunque depende, claro, de los dedos que tengas), capaces de disfrazarse de cuentacuentos, de fabulista, de mago, de guía por mundos que apenas llegamos a rozar con nuestra cercenada capacidad de sueño. Hay muy pocos que se deslicen con tanta elegancia en esos rincones de mí que incluso yo olvido que tengo repartidos por eso que llamamos alma. Pocos son tan cálidos, amables y esperanzadores, incluso con nuestras pesadillas.
Necesitamos a escritores como Gaiman. Aunque los hay mejores. Y peores (ya sabéis, hordas, ejércitos, legiones...). Necesitamos en un mundo gris y aburrido, alguien que se encargue de repartir magia.
Alguien que nos recuerde la emoción agridulce y plena de cerrar una historia especial por primera vez.

@SantiagoNeg