domingo, 21 de diciembre de 2014

Interstellar

Esta crítica apareció originalmente en la web frikisreconocidos.com, donde suelo colaborar de manera asidua. Este blog estaba abandonado, y con esta crítica pretendo volver al trabajo. Un año muy movidito me ha obligado a dejar aparacadas muchas ideas, que iré retomando en el 2015. Empiezo, pues, con un recuerdo a la que, para mí, ha sido la película del año.

INTERSTELLAR.
Esta crítica debería ser muy sencilla. Basta una sola frase, y creo que todo estaría muy claro para el futuro espectador.
Interstellar es una película maravillosa.
Pero resulta que publicar algo así es inútil y engorroso, que es necesario un ejercicio de análisis un poco más serio y trabajado. Así que, en otro alarde de objetividad tambaleante y entusiasmo bestia, me voy a venir muy arriba con la siguiente afirmación: Interstellar está muy cerca, a un casi, de ser la mejor película de lo que llevamos de siglo XXI (dicho esto, pongo los pies encima de la mesa, me enciendo un puro y me sirvo un vodka doble on the rocks, que me lo merezco). Con este órdago, la cosa se pone seria, y me veo en la obligación de los matices, las explicaciones y el enfrentamiento directo contra todas las emociones que me hizo vivir esta película en la sala de cine.


También aviso de algo evidente; me cuesta mucho ser objetivo con Nolan. Me encanta su estilo, el concepto total que tiene sobre lo que significa una película. Así que, como comprenderéis, ahora mismo tengo una lucha interna entre el espectador abrumado y el crítico serio que pretendo ser. Todavía no sé quién ganará. Nos vemos al final de la crítica.
Entonces, vamos al lío. Veamos las razones por las cuales Interstellar escapa por los pelos de la perfección.
Nolan es un director obsesivo. De esos de vieja escuela, empeñados en el control total de todos y cada uno de los aspectos de su película. Desde la última coma del guión al resultado final tras la sala de montaje, la esencia del autor prima en las ideas que sustentan Interstellar. Nolan no se esconde, y tira de clásicos evidentes, porque si vas a rodar una película sobre la trascendencia del ser humano cuando mira al cosmos, no queda más remedio que fijarse en las películas referenciales. Así que ahí están Kubrick con su “2001” bajo el brazo, y, cómo no, la respuesta soviética, la no menos magnífica “Solaris” de Andréi Tarkovski (que contó con una esforzada versión moderna a cargo de Steven Soderbergh). Dos obras maestras de la historia del cine, que marcaron la diferencia por su valentía, su puesta en escena, por la ruptura con las convenciones cinematográficas.


Nolan agarra las propuestas de Kubrick y Tarkowski, las trata con reverencia y las lleva a su terreno. A la mezcla añade la belleza visual digna de Terrence Mallick si se le ocurriese mirar al espacio, y el sentido del ritmo del mejor Spielberg para hacer digeribles 3 horas de película. El resultado, una película de influencias claras pero llena de personalidad, porque Nolan lleva todo ese bagaje visual a su propuesta, resolviendo la jugada para los paladares de espectadores del siglo XXI.
El problema es que Nolan, como decía hace un par de párrafos, es un tío obsesivo y controlador. Tanto que, si por el fuese, aprendía a llorar como Matthew MaCconaughey, o se ponía la peluca pelirroja para interpretar el papel de Jessica Chastain. Pero no puede, se conforma con ser la batuta de la historia, y de ahí que Nolan caiga en los errores que hacen su cine tan personal como imperfecto.
Nolan NECESITA que entiendas su película.
Tiene una fe brutal en lo que te está contando, y su máxima preocupación es que todo el mundo juegue con sus reglas, que cada uno de los pasos que da sea perfectamente comprensible por todo el mundo que se enfrenta a sus películas, ya sea físico teórico o repartidor de pizza. El problema son las decisiones que toma para dar forma a estas explicaciones. Con el poderío visual y la magnífica narrativa secuencial que se gasta, es incapaz de hacer que sus imágenes hablen por él. Así que Nolan utiliza sus personajes para que te cuenten con pelos y señales de que va la aventura que se ha montado, dentro de un primer acto transformado en un tutorial. Da la impresión de que, a pesar de los esfuerzos del director para todo lo contrario, el espectador es tontico y necesita que le lleven de la mano por los detalles que completan la trama. Mira que me quejo normalmente de guionistas y directores que obligan al espectador a hacer el trabajo sucio, y con Nolan hago el ejercicio contrario. Porque se pasa; por eso no es Kubrick, ni Tarkovski. Esto dos directores eran obsesivos y controladores, pero el público, como concepto, se la traía bastante floja. Lo importante era la historia, la película como ente completo, el arte. Si el público juega, mejor, pero, para estos genios, esas personitas son una molestia necesaria en el entramado cinematográfico.


Nolan es buena gente, y se le va la mano, me temo. Está a medio camino de la megalomanía y el “entended por qué hago lo que hago”, y, aunque no se pierde del todo, en el fondo hay más de lo primero que de lo segundo, por mucho que sus personajes nos den la chapa.
¿Quiere decir esto que el primer acto estropea la película? NO. Es emocionante, humano, trepidante y equilibrado. Nolan no se acelera ni un segundo, no pierde el control. Las cosas ocurren de manera fluida y natural, el entorno queda descrito con pequeños detalles y matices (mira tú por donde, aquí si se guarda las cartas, y el efecto es brutal). La tierra es tan hermosa como hostil. Exactamente igual que el cosmos que luego visitaremos.
Las relaciones de los personajes, claves para entender el desarrollo de la película, quedan marcadas a la perfección. Nolan trabaja desde el cerebro y desde el corazón, no lo dudéis. Al final de este rollo que os estoy contando, vuelvo sobre esta idea.
Lo que deja descolocado es que el meticuloso cicerone de ese primer acto se marque un cambio brusco e inesperado para entrar en el ajo. De una granja en medio de la nada, te manda al espacio de una patada. Cuando te recuperas, el viaje empieza. Un viaje hermoso, calculado, diferente, emotivo y trepidante. Nolan sigue empeñado en jugar con el espacio cinematográfico, y consigue que te sientas muy pequeño con planos majestuosos de inmensidad cósmica, en los que una pequeña luz atraviesa la galaxia. Los pequeños detalles te hacen partícipe en la odisea de estos pioneros, que recuperan lo mejor del espíritu humano.


Porque eso es Interstellar, una película humanista. Una muestra de fe en la grandeza del ser humano para trascender límites. Sus personajes son, por encima de todo, personas. Cerebritos, gente valiente dispuesta a dejarse la vida por el bien común, y también son contradictorios, tienen miedo, se enfadan, se enzarzan en peleas con emociones a flor de piel. Es más, cuando aparece algo parecido a un villano en la película, es tan coherente y humano que hasta empatizas con él. A lo mejor, en una situación parecida, la reacción de cada uno de nosotros no hubiese sido muy distinta.
El humanismo quedaría en nada sin emoción. De eso hay mucho en Interstellar. Resulta que el director serio y obsesivo tiene su corazoncito, y al final lo que te está contando es una historia sobre el amor. Te ha mandado a la otra punta del cosmos con  la idea de que hay una fuerza definitiva que mueve el universo, por encima de leyes de la termodinámica y teorías de la relatividad. Hace unas frases he dicho que Nolan trabaja desde el cerebro y desde el corazón. Es por esto.
Y, otra vez, se la va la mano. Llega un momento que Interstellar es moñas de más. El nivel de glucosa sube peligrosamente hasta el último segundo de película.
Pero no importa. A mí no, por lo menos. Porque tienes un director con la suficiente sensibilidad para manejar la situación sin que se convierta en una especie de “Lo Imposible” a nivel cósmico, y, sobre todo, tienes actores que hacen de ciertos momentos una experiencia demoledora. El señor McConaughey sigue en sus trece tras su transformación en un actor de caracter, merecidísimo Oscar mediante. Jessica Chastain cada día me gusta más, y la veo muy cómoda en su papel de cerebrito con mucho muro emocional. Anne Hathaway tiene un solo registro interpretativo, que la vale para hacer de princesa, de Catwoman o de niña de la calle. La cosa es: lo que hace, lo hace de miedo.
Michael Caine cierra el reparto estelar, convertido en actor fetiche para Nolan. Y lo agradecemos, porque el tío es elegancia pura, para diez minutos que sale.
Otra cosa que me ha gustado es el tratamiento de las inteligencias robóticas en la película. Habitualmente, son la amenaza tecnológica destructiva, tipo HAL9000 o el sintético de Alien. Aquí son unos cacharros de lo más útil y divertido, que dan mucha vida a un guión que, sin esos toques, sería indigesto de más (el problema es que Nolan, a veces, elige muy mal los momentos en los que meter un chascarrillo. Otra de sus cositas). Son un triunfo, además, del diseño funcional. El equipo científico de la película ha hecho su trabajo, en todos los sentidos.

Aquí estoy, 1500 palabras después. Me siento como un idiota, sinceramente, porque mi idea principal me sigue pareciendo más útil que toda esta reflexión, larga y excesiva, como matiz de esa frase lapidaria que en tantos aprietos me ha puesto. Yo, un fulano de tal, me atrevo a señalar con el dedo a Nolan, destinado a ser uno de los mejores directores de su generación. Yo, que sería incapaz de rodar un solo plano con un 10% de intensidad y belleza de las que imprime en su cine.
Pero no me queda más remedio. Porque Interstellar es una película imperfecta, víctima de su propia identidad como enorme producto de estudio, armada con un presupuesto obsceno. Al mismo tiempo, es inteligente, respetuosa con el espectador, al que regala una de las experiencias más completas que puede vivir en una sala de cine. Es megalómana, pero al mismo tiempo es valiente y honesta. Porque manejar 3 horas de película sin que los espectadores sientan la necesidad de arrancarse los ojos, tal y como funciona ahora mismo el cine, es un prodigio.
Así que resumo. Y volvemos al principio. Cerramos el círculo.
Interstellar es una película maravillosa.
Disfrutadla.



viernes, 21 de febrero de 2014

El año pasado en Marienbad: tiempo y espacio


En nuestra última entrega, hablamos sobre “La Barrera”, rompedor ejercicio de cine experimento. Eran los años 60, y el cine se había ganado la entidad de arte por mérito de numerosos genios que habían explotado su magia a lo largo de décadas de fantasía, humo, espejos, héroes, villanos, y el contacto con la más descarnada realidad. Lo cierto es que el cine, a esas alturas, ya tenía un lenguaje e idiosincrasia personal que lo distinguía de otros medios de expresión artístico.
Pero, como decíamos en nuestra anterior película, las reglas están para saltárselas. Si algo caracterizó la década de los 60 es, precisamente, el espíritu revolucionario, el sentido de reescribir las reglas no escritas del arte, el pensamiento y la sociedad misma. “La Barrera” ofrecía un punto de inflexión respecto a las convenciones narrativas y la continuidad fílmica, pero si hay una película que ha quedado para la posteridad por establecer unas reglas similares ha sido “El año pasado en Marienbad”, la película que hoy ofrecemos.

En el suntuoso y barroco hotel, se celebra un encuentro de alta sociedad. Durante la fiesta, uno de los invitados aborda a una enigmática mujer, la intenta convencer de que se encontraron en ese mismo lugar un año antes, y que prometió que escaparía con él. La bella desconocida niega cualquier conocimiento, por lo que el hombre recordará cada uno de los detalles de ese encuentro.

Alain Resnais se recrea en la ensoñación y el recuerdo, armado de extrema ambigüedad y de valentía elegante. Nos convierte en observadores pasivos, prisioneros de su propia idea de narración y de estética. Pasea por los excesivos pasillos del palacete, y nos invita de manera indiscreta a conversaciones ya empezadas, espías voluntariosos de un grupo de sombras, de fantasmas sometidos a los caprichos del director, que conecta o desconecta a estas presencias a su placer. La cámara se desliza por vidas que nos son ajenas, y así permanecen, encadenados a los juegos visuales de un director travieso. La casa es un ente vivo, tan maleable como la propia historia que sirve de cimiento a la fantasía que el director nos propone. Resnais renuncia a las reglas básicas de la narración, sí, pero no a contar una historia.

Resnais se agarra con firmeza a la tradición oral, y separa con maestría la trama de su propuesta cinematográfica, puramente visual. Delega en los personajes la tarea de dar forma a la historia, mientras el se deleita en una serie de trabajos casi pictóricos, postales de costumbrismo burgués. Es el protagonista el auténtico encargado de construir su propia tragedia, atrapado en su propio laberinto, atado a su madeja de recuerdos que dan sentido a su pasado. Las relaciones entre los personajes se establecen a base de poderosos flashbaks, perturbadores viajes en el tiempo y en el espacio, que rompen con inusitada belleza los elementos y signos de puntuación de la narración audiovisual convencional. Al romper las reglas, establece las suyas propias, y Resnais se transforma en un alquimista que muta una vulgar historia de amor de alta sociedad en un fascinante viaje por el arte mismo de contar historias.

Un viaje que puede resultar incómodo, confuso, perturbador, sentimientos alimentados por la chirriante banda sonora, más propia del cine mudo, encargada de que cada uno de los pasos que damos por las estancias del hotel tengan aún más carácter de mal sueño.

Nosotros, como espectadores, nos convertimos en cómplices, encargados de atar cabos y rellenar huecos, posiblemente con más fe que verdad. ¿Ocurrió realmente esta historia de amor? ¿Son los personajes quienes dicen ser? ¿Es inevitable la tragedia en un triángulo amoroso? ¿Son fantasmas que se pasean por los recuerdos en piedra de las habitaciones del hotel, o sólo víctimas de los designios de un creador caprichoso?

Una película fascinante, diferente y producto de una época irrepetible. Este tipo de cine, que antaño llenaba salas, ha quedado relegado al arte y ensayo o a campos más experimentales, aunque de cuando en cuando surgen malabares cinematográficos de inspiración en esta asombrosa fiesta con cierto éxito masivo (como por ejemplo, la excelente Holy Motors, de Léos Carax). En todo caso, una excelente muestra de que el cine es algo más que lo evidente, y que su capacidad de fascinación y sorpresa está por encima de industrias y tendencias.

Dsifrutad, sorprenderos, maravillaros. La estancia en Marienbad invita a ello.




lunes, 10 de febrero de 2014

La Barrera: Las reglas están para saltárselas


Creo que es a Godard al que se le atribuye la célebre frase “Una película necesita un comienzo, un desarrollo y un final, pero no necesariamente por ese orden”. Y hay mucho de esa filosofía en la película que hoy os propongo, por ese afán de romper las reglas que se respira en cada fotograma.

La cinematografía polaca es uno de los más fascinantes conjuntos fílmicos de la historia del séptimo arte, me temo. Un cine valiente y comprometido, a pesar de los inferencias del régimen soviético, que ha dado al cine un puñado de directores de personalidad reconocible. Incluso se dieron una serie de extravagantes películas de temática fantástica, en clara ruptura con el modelo realista que imperaba durante la etapa con más contenido propagandístico, que nos ha dado curiosidades maravillosas como “El manuscrito encontrado en Zaragoza". Así que ya es hora de bucear por las hipnóticas aguas de este cine, y lo hacemos de manos de una de las películas más olvidadas del cine de los 60, “La Barrera”, dirigida por una mente brillante e inquieta, Jerzy Skolimowski.

Skolimowski atesora una rica filmografía, tanto en su faceta de director como actor y guionista. De hecho, uno de sus primeros trabajos fue la colaboración en el desarrollo del guión de “El cuchillo en el agua”, primera película de otro genio salido del Este, Roman Polanski. La película que tratamos hoy no es ni la más representativa ni la que más aplauso ha recibido por parte de crítica y público, pero sí es su incursión en el arte del cine que rompe los esquemas tradicionales de la narración audiovisual.

La Barrera nos cuenta la historia de un joven recién licenciado en medicina, que recorre las calles de Varsovia en plena era comunista, guiado por una misteriosa conductora de tranvía. Sumergido en una especie de sueño urbano, el joven se verá inmerso en la desquiciada vida nocturna de la ciudad, brillante y llena de vida.

Básicamente, esto es un “chico conoce chica” de libro, pero reducir la belleza del viaje iniciático en el que se ve envuelto el protagonista a ese cliché seria un insulto a la propia película. Desde la impactante escena inicial, Skolimovski deja claro que las convenciones y lugares comunes no tienen sitio en su historia, o, por lo menos, no como se espera. Rompe con alegría las normas de la linealidad, y construye una narración juguetona, extravagante, basada en una libertad fantástica y valiente. El director polaco plantea el paseo por esa fina línea que separa el sueño de la realidad, gracias a personajes límite y la magia de una ciudad viva. Los personajes campan a sus anchas por los escenarios, da la sensación de que ni siquiera piden permiso a su creador para salir a escena. Marcan los pasos de un baile desenfrenado a ritmo de jazz, tema principal de la desconcertante banda sonora, hija de su época y deudora de una de las filias melómanas de su director. La historia se baña en realismo mágico, sin perder un ápice de contacto con el entorno callejero y urbano, un equilibrio lleno de genial locura, que resulta en una narración rítmica y vibrante, ruptura total de convencionalismos y usos.

Ocurre que el espectador, por supuesto, ha de poner de su parte. Esa es otra de las dimensiones de este viaje, el juego con el público, que puede sorprenderse, divertirse, o incluso indignarse si no acepta las reglas. Pero si decidimos participar de la propuesta de Skolimovski, nos espera un retrato de la generación de postguerra, su desencanto y cacareado cinismo ante una realidad gris, pero también su capacidad de amar, aprender... en definitiva, vivir.

A pesar de las apariencias, esta narración no lineal no implica una falta de coherencia o renuncia a la historia. Lo que ocurre es que, como bien entiende el director polaco, a veces es más importante cómo se cuentan las cosas que el contenido de la narración. Entonces, salen divertimentos como éste. Y el cine demuestra entonces su identidad como arte por la puerta grande

@SantiagoNeg

viernes, 10 de enero de 2014

El océano al final del camino

Hace unos segundos que he cerrado “El océano al final del camino”. Neil Gaiman lo ha vuelto a conseguir. Sí, es cierto, hay escritores mucho más complejos que el señor Gaiman. También es cierto que hay un número ingente de autores infinitamente peores. Hordas. Legiones. Ejércitos de nulidad.
Pero creo que, en este caso, no hablamos de la capacidad de creación de la frase más enrevesada o el abracadabra lingüístico más explosivo. Hablamos de transmitir. Hablamos de emoción. De recuperar ese momento, cuando no se es niño del todo pero estás a muchas curvas del camino de ser adulto, cuando mueres por saber que pasa en la siguiente página, peleas por aguantar con la luz encendida cinco minutos más e, incluso, a oscuras, buscas las mañas para no cerrar el libro. Es una época especial. Un libro de Gaiman es una especie de T.A.R.D.I.S que nos ayuda a atravesar el universo de nuestras vidas, y nos deja saborear aquella sensación de descubrimiento. El mundo es brillante, nuevo y mágico otra vez.
Hace ya más de diez años que me enfrenté a la lectura de The Sandman por primera vez. Ya amaba el cómic por encima de todas las cosas, pero esa obra en particular fue el certificado de una pasión eterna, más allá del paso del tiempo. Cuando cerré el último número de The Sandman, algo extraño ocurría. Por dentro, me sentía distinto. Más pequeño. Un poco más humano. Sentía que había sido testigo de algo especial, y al mismo tiempo, una profunda tristeza invadía todos los poros de mi cuerpo, porque sabía que nunca más experimentaría algo tan enorme como cerrar por primera vez el último número de Sandman. Leo y vuelvo a la historia de Morfeo a menudo, porque siempre aprendo algo nuevo de sus páginas, pero ese segundo mágico se quedó anclado en mi historia personal, para no volver a repetirse.
Hasta este instante, en el que cierro “El océano al final del camino”. Una historia pequeña. Sobre el recuerdo, el valor de lo maravilloso, lo terrible de nuestros monstruos, la confianza y la superviviencia. Sobre la capacidad de creer, sobre ser niño. Cosas que es necesario que formen parte de nosotros. De nuevo me he sentido pequeño, de nuevo me he sentido un poco más humano. Y, otra vez, me ha inundado la melancolía (sana) y la tristeza que provoca el saber que nunca más en la vida cerraré “El océano al final del camino” por primera vez. Quería que el viaje fuese infinito. Pero algo he aprendido a lo largo de mis años de lecturas con Gaiman. Al final, todo viaje tiene un final, y, por supuesto, hay que pagar las cuentas.
Ha sido como despedir a un amigo en el andén de una estación, alegre por la aventura que empieza, pero triste porque no tienes muy claro si volverás a cruzarte en su camino. Como encontrarse con una foto de los amigos del instituto, y que en tu cabeza se agolpen todas y cada una de aquellas tardes en el parque, escribiendo futuros, fabulando vidas. Eso ha significado cerrar “El océano al final del camino”por primera vez.
Como decía, hay escritores mejores que Neil Gaiman. También, hay una lista interminable y terrible de escritores peores. Hordas. Legiones. Armadas clónicas, como extraídas de una galaxia lejana, muy lejana.
Pero hay muy pocos, quizá se puedan contar con los dedos de la mano (aunque depende, claro, de los dedos que tengas), capaces de disfrazarse de cuentacuentos, de fabulista, de mago, de guía por mundos que apenas llegamos a rozar con nuestra cercenada capacidad de sueño. Hay muy pocos que se deslicen con tanta elegancia en esos rincones de mí que incluso yo olvido que tengo repartidos por eso que llamamos alma. Pocos son tan cálidos, amables y esperanzadores, incluso con nuestras pesadillas.
Necesitamos a escritores como Gaiman. Aunque los hay mejores. Y peores (ya sabéis, hordas, ejércitos, legiones...). Necesitamos en un mundo gris y aburrido, alguien que se encargue de repartir magia.
Alguien que nos recuerde la emoción agridulce y plena de cerrar una historia especial por primera vez.

@SantiagoNeg