INTERSTELLAR.
Esta crítica debería ser muy sencilla. Basta una sola frase, y creo que todo estaría muy claro para el futuro espectador.
Interstellar es una película maravillosa.
Pero
resulta que publicar algo así es inútil y engorroso, que es necesario
un ejercicio de análisis un poco más serio y trabajado. Así que, en otro
alarde de objetividad tambaleante y entusiasmo bestia, me voy a venir
muy arriba con la siguiente afirmación: Interstellar está muy cerca, a
un casi, de ser la mejor película de lo que llevamos de siglo XXI (dicho
esto, pongo los pies encima de la mesa, me enciendo un puro y me sirvo
un vodka doble on the rocks, que me lo merezco). Con este órdago, la
cosa se pone seria, y me veo en la obligación de los matices, las
explicaciones y el enfrentamiento directo contra todas las emociones que
me hizo vivir esta película en la sala de cine.
También aviso de algo evidente; me cuesta
mucho ser objetivo con Nolan. Me encanta su estilo, el concepto total
que tiene sobre lo que significa una película. Así que, como
comprenderéis, ahora mismo tengo una lucha interna entre el espectador
abrumado y el crítico serio que pretendo ser. Todavía no sé quién
ganará. Nos vemos al final de la crítica.
Entonces, vamos al lío. Veamos las razones por las cuales Interstellar escapa por los pelos de la perfección.
Nolan
es un director obsesivo. De esos de vieja escuela, empeñados en el
control total de todos y cada uno de los aspectos de su película. Desde
la última coma del guión al resultado final tras la sala de montaje, la
esencia del autor prima en las ideas que sustentan Interstellar. Nolan
no se esconde, y tira de clásicos evidentes, porque si vas a rodar una
película sobre la trascendencia del ser humano cuando mira al cosmos, no
queda más remedio que fijarse en las películas referenciales. Así que
ahí están Kubrick con su “2001” bajo el brazo, y, cómo no, la respuesta soviética, la no menos magnífica “Solaris” de Andréi Tarkovski (que
contó con una esforzada versión moderna a cargo de Steven Soderbergh).
Dos obras maestras de la historia del cine, que marcaron la diferencia
por su valentía, su puesta en escena, por la ruptura con las
convenciones cinematográficas.
Nolan agarra las propuestas de Kubrick y
Tarkowski, las trata con reverencia y las lleva a su terreno. A la
mezcla añade la belleza visual digna de Terrence Mallick
si se le ocurriese mirar al espacio, y el sentido del ritmo del mejor
Spielberg para hacer digeribles 3 horas de película. El resultado, una
película de influencias claras pero llena de personalidad, porque Nolan
lleva todo ese bagaje visual a su propuesta, resolviendo la jugada para
los paladares de espectadores del siglo XXI.
El
problema es que Nolan, como decía hace un par de párrafos, es un tío
obsesivo y controlador. Tanto que, si por el fuese, aprendía a llorar
como Matthew MaCconaughey, o se ponía la peluca pelirroja para interpretar el papel de Jessica Chastain.
Pero no puede, se conforma con ser la batuta de la historia, y de ahí
que Nolan caiga en los errores que hacen su cine tan personal como
imperfecto.
Nolan NECESITA que entiendas su película.
Tiene
una fe brutal en lo que te está contando, y su máxima preocupación es
que todo el mundo juegue con sus reglas, que cada uno de los pasos que
da sea perfectamente comprensible por todo el mundo que se enfrenta a
sus películas, ya sea físico teórico o repartidor de pizza. El problema
son las decisiones que toma para dar forma a estas explicaciones. Con el
poderío visual y la magnífica narrativa secuencial que se gasta, es
incapaz de hacer que sus imágenes hablen por él. Así que Nolan utiliza
sus personajes para que te cuenten con pelos y señales de que va la
aventura que se ha montado, dentro de un primer acto transformado en un
tutorial. Da la impresión de que, a pesar de los esfuerzos del director
para todo lo contrario, el espectador es tontico y necesita que le
lleven de la mano por los detalles que completan la trama. Mira que me
quejo normalmente de guionistas y directores que obligan al espectador a
hacer el trabajo sucio, y con Nolan hago el ejercicio contrario. Porque
se pasa; por eso no es Kubrick, ni Tarkovski.
Esto dos directores eran obsesivos y controladores, pero el público,
como concepto, se la traía bastante floja. Lo importante era la
historia, la película como ente completo, el arte. Si el público juega,
mejor, pero, para estos genios, esas personitas son una molestia
necesaria en el entramado cinematográfico.
Nolan es buena gente, y se le va la mano,
me temo. Está a medio camino de la megalomanía y el “entended por qué
hago lo que hago”, y, aunque no se pierde del todo, en el fondo hay más
de lo primero que de lo segundo, por mucho que sus personajes nos den la
chapa.
¿Quiere decir esto que el
primer acto estropea la película? NO. Es emocionante, humano, trepidante
y equilibrado. Nolan no se acelera ni un segundo, no pierde el control.
Las cosas ocurren de manera fluida y natural, el entorno queda descrito
con pequeños detalles y matices (mira tú por donde, aquí si se guarda
las cartas, y el efecto es brutal). La tierra es tan hermosa como
hostil. Exactamente igual que el cosmos que luego visitaremos.
Las relaciones de los personajes, claves para entender el desarrollo de la película, quedan marcadas a la perfección. Nolan trabaja desde el cerebro y desde el corazón, no lo dudéis. Al final de este rollo que os estoy contando, vuelvo sobre esta idea.
Lo
que deja descolocado es que el meticuloso cicerone de ese primer acto
se marque un cambio brusco e inesperado para entrar en el ajo. De una
granja en medio de la nada, te manda al espacio de una patada. Cuando te
recuperas, el viaje empieza. Un viaje hermoso, calculado, diferente,
emotivo y trepidante. Nolan sigue empeñado en jugar con el espacio
cinematográfico, y consigue que te sientas muy pequeño con planos
majestuosos de inmensidad cósmica, en los que una pequeña luz atraviesa
la galaxia. Los pequeños detalles te hacen partícipe en la odisea de
estos pioneros, que recuperan lo mejor del espíritu humano.
Porque eso es Interstellar, una película humanista.
Una muestra de fe en la grandeza del ser humano para trascender
límites. Sus personajes son, por encima de todo, personas. Cerebritos,
gente valiente dispuesta a dejarse la vida por el bien común, y también
son contradictorios, tienen miedo, se enfadan, se enzarzan en peleas con
emociones a flor de piel. Es más, cuando aparece algo parecido a un
villano en la película, es tan coherente y humano que hasta empatizas
con él. A lo mejor, en una situación parecida, la reacción de cada uno
de nosotros no hubiese sido muy distinta.
El
humanismo quedaría en nada sin emoción. De eso hay mucho en
Interstellar. Resulta que el director serio y obsesivo tiene su
corazoncito, y al final lo que te está contando es una historia sobre el
amor. Te ha mandado a la otra punta del cosmos con la idea de que hay
una fuerza definitiva que mueve el universo, por encima de leyes de la
termodinámica y teorías de la relatividad. Hace unas frases he dicho que
Nolan trabaja desde el cerebro y desde el corazón. Es por esto.
Y, otra vez, se la va la mano. Llega un momento que Interstellar es moñas de más. El nivel de glucosa sube peligrosamente hasta el último segundo de película.
Pero
no importa. A mí no, por lo menos. Porque tienes un director con la
suficiente sensibilidad para manejar la situación sin que se convierta
en una especie de “Lo Imposible” a nivel cósmico, y, sobre todo, tienes
actores que hacen de ciertos momentos una experiencia demoledora. El
señor McConaughey sigue en sus trece tras su transformación en un actor de caracter, merecidísimo Oscar mediante. Jessica Chastain cada día me gusta más, y la veo muy cómoda en su papel de cerebrito con mucho muro emocional. Anne Hathaway
tiene un solo registro interpretativo, que la vale para hacer de
princesa, de Catwoman o de niña de la calle. La cosa es: lo que hace, lo
hace de miedo.
Michael Caine
cierra el reparto estelar, convertido en actor fetiche para Nolan. Y lo
agradecemos, porque el tío es elegancia pura, para diez minutos que
sale.
Otra cosa que me ha gustado es
el tratamiento de las inteligencias robóticas en la película.
Habitualmente, son la amenaza tecnológica destructiva, tipo HAL9000
o el sintético de Alien. Aquí son unos cacharros de lo más útil y
divertido, que dan mucha vida a un guión que, sin esos toques, sería
indigesto de más (el problema es que Nolan, a veces, elige muy mal los
momentos en los que meter un chascarrillo. Otra de sus cositas). Son un
triunfo, además, del diseño funcional. El equipo científico de la
película ha hecho su trabajo, en todos los sentidos.
Aquí estoy, 1500 palabras después. Me
siento como un idiota, sinceramente, porque mi idea principal me sigue
pareciendo más útil que toda esta reflexión, larga y excesiva, como
matiz de esa frase lapidaria que en tantos aprietos me ha puesto. Yo, un
fulano de tal, me atrevo a señalar con el dedo a Nolan, destinado a ser
uno de los mejores directores de su generación. Yo, que sería incapaz
de rodar un solo plano con un 10% de intensidad y belleza de las que
imprime en su cine.
Pero no me queda
más remedio. Porque Interstellar es una película imperfecta, víctima de
su propia identidad como enorme producto de estudio, armada con un
presupuesto obsceno. Al mismo tiempo, es inteligente, respetuosa con el
espectador, al que regala una de las experiencias más completas que
puede vivir en una sala de cine. Es megalómana, pero al mismo tiempo es
valiente y honesta. Porque manejar 3 horas de película sin que los
espectadores sientan la necesidad de arrancarse los ojos, tal y como
funciona ahora mismo el cine, es un prodigio.
Así que resumo. Y volvemos al principio. Cerramos el círculo.
Interstellar es una película maravillosa.
Disfrutadla.
















