viernes, 27 de diciembre de 2013

Los ojos sin rostro: Poesía en carne viva


 “Los ojos sin rostro” es una película de amor enfermizo. Es un cuento gótico. Es el horror llevado al realismo urbano, a la rutina burguesa de mediados del siglo XX. Es un puñado de ideas que conectan de manera brillante en el elegante cine de Georges Franju, simbólico, sencillo, obsesivo y melimétrico.

Hablemos un poco de la historia de esta película. En el momento de su estreno, “Los ojos sin rostro” fue carne de polémica, incomprendida y vilipendiada por la crítica y el público. Sonoro es su paso por el festival de Edimburgo, que provoco reacciones bastante flamígeras, hasta el punto de que un periodista preguntó al autor con bastante ira “¿Por qué ha hecho usted esto?” Se podían leer titulares en los periódicos como “Francia se deshonra”. El director acabó soltando perlas como “No me extraña que los escoceses llevan falda”. Una bronca que dio literatura de sobra para la historia del cine, además de dar más gasolina a la polémica creada alrededor de la escena más escabrosa de la cinta, y que tanta bilis generó. La película fue tan machacada que en algunos países se estreno como un relleno de serie B, e incluso como parte de un excéntrico programa doble en el caso de su exhibición en Estados Unidos (donde, además, sufrió un escandaloso recorte al metraje original).

Es evidente que, en los parámetros actuales de la violencia cinematográfica, “Los ojos sin rostro” es hasta inocente y recatada. Las vísceras han sido el reclamo con el que directores muy débiles perpetraban naderías que han desgastado el género y el concepto de violencia hasta hacerlo ridículo e incluso autoparódico. Pero esta película es precursora en muchos de esos conceptos, ahora trillados. La diferencia es que Franju utiliza el artificio de lo explícito con intenciones muy alejadas de servir un espectáculo para los amantes de las emociones fuertes. Lo hace porque parte de una base para contar su historia, y es que lo imposible ha de mostrarse de la forma más real posible. Y eso es su argumento, muy de peso, para tomar decisiones rompedoras. Donde otros directores tomaban partido por la elipsis más o menos elegante, Franju muestra toda la crudeza del crimen.

Antes de llegar a ese momento climático por definición, pongamos un poco en antecedentes.
La historia cuenta la tragedia de la familia Genessier. En un accidente de tráfico, provocado por él mismo, su hija Christiane sufrió terribles heridas que destruyeron su rostro, convertido en un amasijo de carne y músculo al vivo. Obsesionado por que su hija recupere la belleza perdida, comienza una serie de experimentos que le llevan a cometer crímenes atroces, a la búsqueda de jóvenes muchachas con los rasgos parecidos a los de su hija.

El doctor Gennesier se una así a la nutrida colección de doctores locos de la que tanto se alimenta la literatura fantástica. Está muy cerca del doctor Frankenstein, pero la diferencia consiste en que el plan último no es cambiar las reglas de la naturaleza. Es un acto de amor, o quizá de control definitivo sobre la vida de su hija. Lo único cierto y palpable es que está dispuesto a cruzar todas las barreras éticas y legales para la consecución de ese objetivo. Incluso a pesar de los deseos de su hija, claro, y de su propia conciencia.

Franju, en plenos años 60, con el color ampliamente instalado, elije el blanco y negro, lo que da más empaque a su propuesta, tenebrosa, construida a base de sólidos ladrillos narrativos extraídos del cuento gótico, la novela pulp e incluso de la serie negra, mezclados con la identidad de un director que renuncia a los artificios innecesarios para que el entorno creado resulte creíble, y terrible. La sensación de normalidad perversa se palpa en cada escena. Escapa de la idea truculenta de unos excesos que otro director menos habilidoso habría convertido en referenciales y repetitivos. Cuando vemos el rostro desfigurado de Christiane, lo hacemos a través de los ojos de una de las víctimas del doctor, aún afectada por la anestesia. Un rostro borroso que nos adivina su horrible deformidad, mostrada en una solución inteligente e impactante.

Lo que nos lleva a la escena que tanto dio que hablar en su momento. Franju no se corta un pelo, y nos muestra con todo lujo de detalles (con todo el lujo de detalles que permitían los efectos especiales de la época, claro) la operación de cambio de rostro. Más que la sangría quirúrgica, que efectivamente, en aquel amanecer de la década de los 60 tuvo que ser un trago para los espectadores, los años han dado la dimensión real de la potencia de este fragmento. La tensión se mastica. Franju se olvida de todos los elementos secundarios de la escena. Ni siquiera hay banda sonora, truco primario para desviar la atención y llenar huecos narrativos. No hace falta. Un par de planos, y se construye una escena premeditadamente larga, que se regodea en el instante.

Es evidente que, a estas alturas, el realismo de la propuesta ha quedado para la anécdota. Eso es bueno para la película, porque así podemos centrar nuestra atención en sus múltiples aciertos. La magistral creación de ambientes, el uso del espacio, el modelo heredero de las películas mudas, con enormes espacios de tiempo entre diálogos (los paseos de Christiane por la mansión, su jaula de oro, son de una belleza trágica demoledora).

El final, lleno de carga simbólica, y al mismo tiempo, explosión de terribles consecuencias y violencia descarnada, es realmente bello. Esa es la palabra que se me viene a la cabeza, con todo lo cursi que puede parecer. Resulta que “Los ojos sin rostro” habla de la libertad. Del deseo de vivir. Porque eso es lo que entendemos de Christiane. Ya estaba muerta. Detrás de su máscara yace un cascarón inerte, sin emoción. Un pedazo de pasado en movimiento, confuso, una niebla que se arrastra por la mansión.

Una gran película, un tanto olvidada. Convivió con otra película defenestrada en su época, precisamente por su tratamiento explícito del crimen, Peeping Tom, de la que hablaremos en otro momento. Además, creo, no cayó su espíritu en balde, y ha servido de inspiración para otras películas. No creo que sea el único que ha visto lugares comunes entre la obra de Fanju y “La piel que habito”, de Pedro Almodovar.
Terror de antaño, sin artificios, armado con la fuerza de la historia y la tragedia de sus personajes. Una poesía extraña y cruda, pero poesía al fin y al cabo.

@SantiagoNeg

lunes, 23 de diciembre de 2013

Una de miedo: Vampyr



Cambiamos de tercio, aunque esta película, y muchas de las que vendrán a continuación, bien se podrían haber incluido en ese pequeño ciclo dedicado a las ensoñaciones cinematográficas. Porque mucho tiene de eso, de fantasía alucinatoria, de viaje a otros mundos oscuros y llenos de maldad fantasmagórica. Como toda buena historia de terror, claro, bebe de esa máxima goyesca, “El sueño de la razón produce monstruos”. La historias de horror más clásico se nutren de la superstición y el miedo primitivo arraigado en el espíritu humano, de donde escapan criaturas como el vampiro, mito que se ha visto desmoronado por el giro que ha sufrido en esencia. De maldad pura lujuriosa, de imagen impresa del deseo destructivo y de la pasión enferma, ha pasado por al lánguida tortura existencialista, y mutado finalmente en un galán inofensivo, carne de suspiros adolescentes, gracias a esa obra nefanda e infecta que es la saga “Crepúsculo” y sus chupasangre vegetarianos y brillantes.
Recuperamos y reivindicamos el espíritu prostituido del señor de las sombras por antonomasia, y que tantas pesadillas de calidad ha regalado en una u otra forma de relato, antes de que la apisonadora ridícula del postmodernismo lo transformase en la memez domesticada que el mundo del espectáculo ha construido para disfrute de espectadores mansos.
Dreyer es un maestro de maestros, uno de los directores más importante de la historia del cine, que con un puñado de películas daba contenido a un arte en construcción. Su idea de como debía funcionar una película era inamovible; su forma de entender la realización, el modelo narrativo, el trabajo actoral, hicieron de su cine un todo complejo y fascinante. A veces, incluso, era contradictorio, puesto que era un defensor a ultranza del realismo, hasta el punto de que estaba en contra del uso del maquillaje en sus actores; al mismo tiempo, proclamaba la idea de trascender ese realismo, y no se cortaba a la hora del uso de efectos especiales y trucos de magia, en especial evidente con la película que hoy tratamos. Lo que está claro es que era un director de un poder visual rompedor y único, que además daba contenido a sus películas con reflexiones llenas de emotividad filosófica, enclavado en una cruzada personal por la exploración de los rincones más íntimos del ser humano.
De Vampyr dijo Alferd Hitchcock que era la única película que merecía la pena ver más de una vez. Ahí es nada. Aparte de filias y fobias, Vampyr es un cuento gótico, con todos los elementos reconocibles del género. Casas tenebrosas, personajes siniestros, seres de ultratumba, y toda la pirotecnia que se espera de una fantasía visual como la que propone Dreyer. Un extraño híbrido entre en cine mudo y el sonoro, que se rodó sin diálogos en un principio. Fueron incluidos en el montaje posterior, así que casi todo el metraje carece de la voz de los protagonistas. Toda la narración cae en la acción de los actores y en los innumerables trucos que el director guarda en su maleta de genio. El uso de los interiores es magistral, armado con una cámara inquieta, majestuosa y viva. Dreyer busca a sus protagonistas integrados en las extrañas dependencias de la casa de huéspedes, o el minimalista “castillo” donde habita el monstruo. Las sombras cobran vida propia, abracadabrá técnico tan potente que incluso Copola en su versión de Drácula incluyó un juego parecido. 
Nos sumergimos en el hipnótico ambiente que crea el realizador, gracias a su neblinoso blanco y negro, al inteligente y fantasmagórico uso de la luz, a los primeros planos donde la emoción se diluye entre la locura o la sorpresa terrorífica a la que se ven sometidos los protagonistas una y otra vez. El uso de los efectos especiales es asombroso, a pesar de las limitaciones en una época tan primaria para la historia del cine. Es una genialidad el momento en el que el protagonista cae dormido y se transforma en una especie de espectro, un viajero por el mundo onírico (de ahí, entre otras razones, que esta película merece su título de “Tiempo de Sueño”, aunque la dejamos fuera del ciclo), extraño pasaje cuyo climax es el encontronazo con su propio funeral. El encontronazo perfecto entre el surrealismo y el expresionismo.
Dreyer deja un poco de lado al filósofo y deja lucir al esteta. No renuncia ni en un solo plano a su idea petrea de película, y da una lección de narrativa visual sobre la que no queda más remedio que aplaudir emocionado cuando la cinta llega a su fin.
Es evidente que, dentro de los parámetros actuales, la película de Dreyer no produce la sensación de horror que quizá en otro tiempo sí conseguía. Pero aún así, el inquietante mundo creado por el director continúa fabricando la sensación incómoda de mal sueño. Claro que, podríamos hablar durante horas acerca de los conceptos que el cine de terror actual maneja, y de que significa el propio término. No sé si el cine moderno del género saldría bien parado.
Para el guión, Dreyer usa como base el clásico “Carmilla”, de Sheridan Le Fanu, una de los primeros referentes literarios acerca de la concepción moderna del vampiro, y que inspiró incluso a Stroker en la escritura de su “Drácula”. No solo eso, también ha servido de esqueleto para películas de lo más variopinto, afectadas por el brumoso contenido lésbico de la historia original. Dreyer se aleja del erotismo de segunda categoría, incluso ignora la connotación sexual de la que muchas veces se ha vestido al mito (incluida la obra de Stroker) y juega con el concepto de “Bruja Vampiro” que concedía Le Fanu a su escrito. Pero nada más. La historia y su impacto visual se bastan y se sobran sin insinuaciones mediocres.
Dreyer jugaba en una liga muy superior como para necesitar tamañas necedades.

@SantiagoNeg

jueves, 19 de diciembre de 2013

Walkabout: El noble salvaje



Me gustaría cerrar el ciclo de cine/ensoñación justo donde lo empecé, en Australia. Fue con Picnic en Hanging Rock donde dimos comienzo a una serie de películas muy diferentes, pero con rasgos similares en cuanto al tratamiento del misterio. Hablábamos del “Tiempo de sueño”, mito génesis de los aborígenes australianos, que nos transportaba a un tiempo fuera del tiempo. Ahí es a donde hemos viajado con Zodiac, en su forma de obsesión pesadillesca que arranca a los protagonistas de la realidad. También nos sirvió como excusa para adentrarnos en La Zona, en el viaje alucinante que planteaba Tarkovski en “Stalker”. Y de la mano de Stalker retornamos a la cuna espiritual del Tiempo de Sueño, el desierto australiano, hipnótico y terrible.
Walkabout nos narra la peripecia en la que se ven envueltos dos hermanos cuando su padre, misteriosamente, intenta asesinarlos en medio del desierto australiano. Ante su fallida intentona, se suicida, y deja a sus hijos a merced de un entorno hostil.
Perdidos, desorientados, sedientos, cuando están a punto de rendirse, se cruzan con un joven aborigen en pleno rito de iniciación, que se convierte en su única esperanza de sobrevivir en medio de ninguna parte.
“Walkabout”, el título de la película, hace referencia, precisamente, a ese rito iniciático por el que pasa el joven aborigen, que marca la diferencia entre el niño y el hombre. Un viaje en solitario donde se pone a prueba la capacidad de supervivencia como adulto dentro de la tribu.
En cierto modo, y salvando todas las distancias de fondo y forma, nos sumergimos en un viaje similar al propuesto por Stalker, dos seres abrumados por un mundo cuyas reglas no entienden, y que dependen del guía que conoce la forma de sobrevivir a la rudeza del entorno. Un lugar tan misterioso y apabullante como La Zona de Tarkovski. Australia  se envuelve de misterio que vimos en Hanging Rock, la naturaleza se viste de bella amenaza, inmisericorde con aquellos que se pierden en lo desconocido.
Quizá, Walkabout sea una fábula sobre el impacto del choque cultural, del enfrentamiento entre la implacable naturaleza, el hogar del aborigen, y el mundo burgués de los muchachos. De hecho, Nicholas Roeg no se anda con chiquitas, y usa un poderoso referente visual para marcar la diferencia abismal entre las dos realidades, un muro que sirve de frontera narrativa entre las comodidades del mundo civilizado y la posibilidad de la muerte más solitaria en las fauces del desierto. Creo que quedarse con eso sería simplificar mucho la película.
Más allá de la anécdota cultural, Walkabout es misterio. Es la tensión sexual que se crea entre la adolescente protagonista y el muchacho aborigen. Es el poder de lo salvaje, la llamada de la selva, el retorno a la esencia  que ocultamos por el maquillaje de la civilización. El viaje en solitario del joven se transforma en una experiencia grupal que roza lo místico. Incluso aunque la película nos oculte deliberadamente muchos puntos que empobrecerían el resultado final. El cierre es abrupto y deja abierto a la imaginación lo que ocurre en el corazón de la adolescente, que sigue atrapada en lo más íntimo en una ensoñación que retrotrae a esos días de libertad infinita.
Es una película ruda, pero de bella factura, a veces demasiado evidente en el mensaje maniqueo sobre el empobrecimiento espiritual de la civilización. Pero, como digo, Walkabout es algo mucho más complejo, e infinitamente más bello que las miles de películas bienintencionadas de mensaje cursi y tópico.
Como en Stalker, muchas veces no comprendemos la razón por la que sucede lo que sucede. Pero no hace falta, no queremos, estamos sumergidos en el Tiempo de Sueño, en la fantasía que rodea a los tres muchachos, fuera de la realidad triste y demoledora. Esa es la tragedia de Walkabout. La realidad aparece y el sueño se desvanece.

@SantiagoNeg

martes, 17 de diciembre de 2013

STALKER: Cuidado con lo que deseas



Andréi Tarkovski es uno de los más grandes directores de la historia del cine de esos creadores que dan sentido al grado de séptimo arte, armado con una idea muy determinada de cómo debe funcionar una película, tanto a nivel estético como narrativo. Su fama a nivel internacional se afianzó gracias a “Solaris”, película de ciencia ficción que se vendió en su momento como la “2001” soviética. El régimen comunista defendía así el film, transformado en un alarde partidista de la capacidad de producir al otro lado del muro películas con la misma calidad que los éxitos americanos. Con independencia de las machadas de la Guerra Fría, Tarkovski fue el primero en renegar del film, ya que lo consideraba un ejercicio de ciencia ficción pura, género que el autor despreciaba.
Lo que nos lleva a la producción protagonista de este post. Una película de ciencia ficción. De las que su autor abominaba. Pues sí que...
Lo que ocurre es que “Stalker” no es exactamente un ejercicio de género. Todo lo contrario, se disfraza para contarnos algo mucho más elaborado que la enésima historia de misterios de extraño origen, y nos traslada a un extraño viaje. Sigo, pues, con la idea que vengo defendiendo en mis últimos post, la del cine como portal a la ensoñación, a lugares oníricos , a búsquedas místicas que, en ocasiones, se transforman en pesadillas. “Stalker” es una muestra más de esas búsquedas, de esos lugares terribles y mágicos, salvo que, en esta ocasión, el entorno físico es real, el misterio brumoso es palpable, los personajes deambulan por el sueño mismo, a la búsqueda de un imposible.
Tarkovski nos traslada a “La Zona”, un lugar donde las leyes de la naturaleza han perdido el sentido. Nadie sabe con certeza que es lo que ocurrió, pero la mayoría de los que entran no vuelven a salir. El gobierno decide entonces prohibir la entrada a La Zona, cuyos alrededores se transforman en un auténtico fortín militarizado. Pero hay personas que son capaces de burlar la vigilancia, guías dentro de un mundo cambiante, con sus propias reglas. Son los Stalkers, caminantes de un mundo imposible.
La historia comienza cuando nuestro protagonista recibe el encargo de guiar a dos individuos hacia La Zona. Dichos personajes responden al nombre de “El Escritor” y “El Profesor”. Ambos han oído la leyenda. Dentro de La Zona hay una extraña habitación que concede los deseos más profundos de los visitantes. Allí quieren llegar, cada uno con propósitos muy distintos, dispuestos a pagar el precio más alto por el premio definitivo.
La Zona es un monstruo apocalíptico, naturaleza salvaje y edificios derruidos, deshabitada y construida sobre unas peligrosas reglas. Sólo los Stalkers son capaces de descifrar los desafíos, reconocer los caminos, entender los avisos. La Zona es una prueba, un viaje espiritual y físico a la búsqueda del Santo Grial.
Tarkovski hace suyo el argumento de “Picnic al borde del camino”, cuento escrito por los hermanos Arcadi y Boris Strugatski, que también firman el guión de la película. En él, renuncian a todos los elementos de ciencia ficción pura para adaptar el planteamiento inicial de su historia a las exigencias argumentales de Tarkovski, que no estaba nada convencido del tono del cuento original. La película renuncia al efectismo, y se centra en las emociones, las reflexiones de los personajes sobre su propia existencia y naturaleza de sus deseos, el poder hipnótico de La Zona, un desolado paraje que juega con sus propias reglas, amenazador e insólito. Como espectadores, aprendemos al mismo tiempo que los demás viajeros, el Stalker se transforma así en nuestro guía; aunque no entendemos el juego tenebroso de La Zona, avanzamos porque entendemos que no es nuestro mundo, que lo único que podemos hacer es dejarnos guiar por los secretos del lugar.
Tarkovski despliega todo su arsenal estilístico. Largos planos, estudiados al milímetro, sin aspavientos y exageraciones. Si la cámara se mueve, es por una razón. Porque La Zona está viva, es un personaje más, y se intercala su destartalado aspecto con la angustia de personajes que no acaban de entender sus reglas. Largas conversaciones y monólogos, intercalados con poemas, desbordan la inquietud existencial de hombres hastiados de sus propias vidas, confusos, solitarios y llenos de dudas. ¿Saben realmente que es lo que quieren de esa habitación?
El agua es una presencia constante, en cada uno de los planos, incluso integrada en la extraña e hipnótica banda sonora, un goteo atronador que impide el silencio. Cuando los humanos callan, La Zona sigue hablando, en forma de ruido, de fluir contante. Agua que desaparece en el momento del climax, y la habitación se transforma en un desierto, una potente imagen, llena de belleza, en el punto exacto donde los personajes se enfrentan a la posibilidad de la muerte.
Tarkovski juega con el color, nos marca la diferencia entre el mundo real y La Zona. De un contrastado sepia, agobiante y crudo, pasa al color en el extraño lugar, algo más que un truco visual, que se transforma en indispensable en el modelo de narrativa que ha planteado el director, tal y como descubrimos en la parte final de la historia y hace aparición la hija del protagonista. La Zona funciona de manera diferente, es un mundo aparte, con sus propia realidad. Es curioso, porque me recuerda a otro gran viaje que usa un recurso similar: “El mago de Oz”, la película de 1939 dirigida por Victor Fleming, que ya usaba el blanco y negro contrastado con el color para situar las diferencias entre mundos.
La película sufrió un accidente en la máquina de revelado. Gran parte del contenido original se perdió, y Tarkovski consiguió financiación para un nuevo rodaje, aunque mucho más escaso que el inicial. Por eso rodó dos partes, una primera con la mayoría de la película original que se salvó, y la segunda que contendría todo el nuevo material rodado. A pesar de los escollos, Tarkovski rodó su película. Fuera de los convencionalismos del género que, en principio, marcaban la pauta de la premisa. Construye una película hermosa, casi pictórica en según que momentos, de ritmo pausado, un encuentro recurrente con el concepto de búsqueda mística, que tantos mitos ha nutrido. La Zona es ese otro mundo del que hablamos en post anteriores, en forma física, terrible y desesperante. Los hombres buscan su sueño, su esperanza, su deseo. La fe en algo más grande que los pesares humanos mueve cada paso del camino fijado por el Stalker, una suerte de gurú autoconvencido de la grandeza de su misión, pero que esconde la certeza de que fuera de La Zona no es más que un pobre hombre, un paria.
No es una película fácil. No está repleta de trepidantes persecuciones, efectos especiales y razas extraterrestres. Se basa en algo mucho más sencillo, y a la vez más trascendente. La propia naturaleza humana, sus miedos, los aspectos más lúgubres de nuestra existencia.
Al fin y al cabo, entrar en La Zona implica un paseo por nuestra propia alma.

@SantiagoNeg

martes, 10 de diciembre de 2013

ZODIAC: Las otras víctimas del asesino



En cierto modo, y salvando todas las distancias, mi texto de hoy es una continuación del último post de este blog. Hay bastantes coincidencias en las historias de Hanging Rock y la película que propongo en esta ocasión. En ambas, un hecho cargado de misterio y tragedia desemboca en una obsesión malsana que descoloca la vida de los implicados. Más allá del episodio desencadenante, del crimen o de la pérdida, lo que de verdad llena de sentido la narración es la reacción posterior de aquellos que se ven envueltos en una tormenta personal destructiva y alienante.
Con Zodiac viajamos a uno de los conceptos manidos y desgastados del cine de Hollywood, el asesino serial. Se ha tratado su figura de mil maneras distintas, desde el sangriento mutilador de adolescentes chillones, al elegante y refinado depredador social, pasando por la personificación de neurosis y traumas variados. Lo cierto es que, con toda su carga iconográfica, la presencia del asesino en serie se ha transformado en un elemento más de la mitología estadounidense. Tanto es así que muchos de estos personajes, tanto cinematográficos como extraídos de la vida real, forman parte de la cultura popular, carne de postmodernismo y exaltación de lo más bajo del ser humano. Espejo de nuestros demonios interiores, no podemos evitar cierta fascinación por el mal absoluto que encarnan estas personificaciones de los rincones más enfermos de nuestra psique. Por suerte, David Fincher es un director que busca, en esta película, algo muy distinto a una orgía de sangre o un incómodo viaje a la trastornada mente del asesino.
Zodiac retrata el caso real acaecido entre finales de los 60 y principios de los 70, y que tuvo como protagonista al autodenominado “Asesino del Zodiaco”. Su coto de caza particular fue la zona de San Francisco, y llegó a ser un auténtico fenómeno social por el curioso culto hacia sí mismo que el asesino mostró a lo largo de su trayectoria. Fueron muchas las cartas dirigidas a los periódicos llenas de extraños acertijos y criptogramas. Su constante llamada de atención mediática transformó un difuso caso de asesinato en todo un espectáculo. Una suerte de caso de Jack el Destripador a la americana, tanto que, a día de hoy, se desconoce al auténtico autor de los asesinatos.
Pero igual que en Hanging Rock la desaparición de las chicas era una excusa para el desarrollo de una historia más intensa, el asesino se convierte aquí en un fantasma que amenaza las vidas de los protagonistas, un paso por encima del enésimo retrato criminal. Se introduce en sus vidas, en sus familias, en su día a día, y destroza cualquier atisbo de normalidad en la rutina de los protagonistas.
Fincher nos transporta con maestría a la época. Redacciones repletas de máquinas de escribir, policías incapaces de coordinarse por un arcaico modelo de colaboración entre departamentos, manejo del espacio gracias a una ciudad protagonista por sí misma, los objetos o la tecnología de aquel principio de los años 70. La experiencia es un auténtico viaje en el tiempo a un momento muy particular en la historia de los EEUU, el final del sueño psicodélico de los 60 y el golpe con la realidad que fue la década posterior. Pero mientras el mundo y la concepción de América cambiaban de manera radical, nuestros protagonistas parecen anclados en el tiempo, atrapados en un instante clave, en el que un psicópata desatado dispara sobre una pareja, línea de salida para un oleada de asesinatos sin sentido y patrón difuso. En su obsesión por desvelar la auténtica identidad del asesino, pierden todo lo que les conectaba con el mundo real, hasta que se desvanece la noción de si mismos más allá del misterio. Pierden familias, trabajo, salud, integridad, credibilidad, incluso humanidad. Cuando todo el mundo olvida el circo montado alrededor del Zodiaco, ellos continúan la persecución de un espectro.
Fincher es un director tan excepcional como irregular. No es el primer contacto con el mundo del asesino serial; ya cambió las reglas del juego del thriller moderno con la celebrada “Seven”. Además, ha realizado películas excepcionales como “La red social”, gamberradas conscientes de su exceso como”El club de la lucha”, o medianías inexplicables como “Los hombres que no amaban a las mujeres”. En todo caso, es un director elegante. Artificioso en ocasiones, pero su puesta en escena y dominio del tempo reduce la percepción de sus trucos de magia. Zodiac es, para mí, su mejor película. Porque saca a relucir todos sus aciertos como realizador, y muy pocos de sus defectos. Maneja el concepto temporal de manera brillante, con transiciones inteligentes que no hacen perder la coherencia a la narración, a pesar de que estamos hablando de un periodo de tiempo comprendido en casi 20 años, y con multitud de personajes principales implicados. Además, a pesar de su arenoso aspecto urbano, esta película está repleta de juegos de espejos y trucos digitales, pero tratados con tal destreza que no se rompe el sentido de lo natural en la propuesta visual de Fincher, de primer nivel, como casi siempre.
Una película magnífica, de lo mejor que ha dado el cine americano moderno, creo yo. Nos lleva de nuevo a ese lugar del que hablaba el el post anterior, el tiempo de sueño, una ensoñación en la que el mundo desaparece, lo real se difumina, y simplemente queda la obsesión, la verdad detrás de un velo casi místico, un santo grial escondido en la fina linea que separa la devoción de la locura. Un tiempo de sueño que, en este caso, disfrazaba a una pesadilla.

@SantiagoNeg

miércoles, 27 de noviembre de 2013

MADAME DE... El cine es movimiento

Ella discute consigo misma. Recorre su habitación, sopesa el amor que tiene por cada uno de los objetos que llenan armarios y cajones. No vemos su cara, escuchamos sus pensamientos en voz alta, y la primera vez que vemos su rostro, es su imagen reflejada en un espejo. Porque así es la existencia de Louise, un espejismo que se nutre de fantasías de niña rica. Hija de su tiempo, vive en un matrimonio de conveniencia que, al fin y al cabo, proporciona la seguridad en jaula de oro que viste y decora su belleza de colección.
Son los objetos los grandes protagonistas de esta historia. Definen a los personajes, marcan su destino, se convierten en los grandes desencadenantes de equívocos y desastres en la vida de los protagonistas. Es con objetos como se nos presenta a Louis, ella misma una posesión como otra cualquiera para su marido, el general de artillería interpretado por Charles Boyer.
Louis vive en un lujo imposible, incluso a espaldas de su marido. Decide deshacerse de unos pendientes para solventar las cuantiosas deudas de su vida a todo tren. Fueron un presente de su marido en la misma noche de bodas, por lo que la venta se transforma en una demostración clara de lo que siente la aristócrata por su matrimonio. Aunque convence al joyero de mantener el secreto de la venta, éste comunica al esposo el negocio que ha cerrado con Louis. El general no muestra signos de enfado o emoción exaltada, si no que decide comprar de nuevo las joyas, como regalo de despedida para la amante de la que se desprende sin demasiadas ceremonias en un vagón de tren. Por cuestiones de pragmatismo y comodidad, nada de amor o sentimientos enfrentados. Pura y dura apariencia, y decoro propio de una relación de conveniencia como la que mantiene con su mujer.
El círculo se cierra cuando los pendientes acaban en manos de un embajador italiano, que se enamora perdidamente de Louis, a la que regala de nuevo aquellos adornos de los que se deshizo meses atrás. Las joyas que había despreciado en aquel momento, se transforman entonces en promesa de felicidad, cambio y aventura. Hasta que el triángulo amoroso, las mentiras y las manipulaciones hacen que Louise comprenda el fatídico resultado de sus acciones.

La historia de amor no daría para mucho más, si no fuese porque esta maravillosa película cuenta con una magnífica labor detrás de la cámara. Max Ophüls consigue su obra maestra gracias a, precisamente, esa importancia de los objetos, el manejo de los espacios, el ritmo en movimiento que imprime a cada plano. Los grandes salones de baile, los suntuosos palacios, los enormes dormitorios, permiten a Ophüls el domino total de los personajes. Las entradas y salidas marcan los cambios en la escena, los secundarios fluyen alrededor de los protagonistas en su propio océano de lujo y reglas sociales. Es tal la fijación del director por el trasiego que la relación entre Louis y el diplomático italiano, interpretado por Vittorio de Sicca, se hace más fuerte de vals en vals, el único momento de intimidad física que realmente comparten los enamorados. Hasta que duelen los pies, hasta que nadie más queda en el salón, hasta que el violinista ejecuta la última nota.
Más movimiento. Las cartas secretas afianzan la amistad que deriva hacia el amor, tan pasional como platónico, a pesar de las negativas iniciales de Louise.
Los interiores son los grandes escenarios de la película, pero es un exterior lo que marca la segunda parte de la narración, dramatismo en natural marcado en el rostro de Louis. Camina por la playa rota por la duda, pero admite el naciente amor.
Aunque por la naturaleza caprichosa y confusa de Louise, sus propias mentiras, la carga de su rol femenino dentro de las cadenas impuestas por su rango social, pronto descubre la fantasía detrás de su ilusión, señalada como mentirosa en un mundo en el que todo el mundo miente, nadie sabe lo que otro hace a sus espaldas, hipocresía como modo de vida. Son los objetos, de nuevo (esos malditos pendientes), los que certifican la destrucción espiritual y física de la joven, sometida a la crueldad de su indolente marido y al desprecio de su amante.
El mismo amor se transforma en objeto. Muta de significado tanto como los propios pendientes, el objeto/deseo/símbolo que sirve de cimientos para toda la narración.
Esta película es uno de esos clásicos que aparecen de manera recurrente en las listas de “mejores películas” de los críticos profesionales. Admito que mi encuentro con “Madame de” ha sido reciente y tardío. De hecho, en principio, un drama sobre suspiros de amor en la alta sociedad, no entra en mis preferencias. Pero las buenas películas están por encima de su contexto, creo. A pesar de que no conecte del todo con las psicologías de los protagonistas, o de sus diálogos un tanto arcaicos, incluso para el decoro que se supone a una historia enmarcada en palacios y embajadas. Su grandeza está en la de un director, en el sentido del ritmo, en la sensación de continuidad y fluidez dentro de enormes escenarios por los que la cámara juguetea elegante con personajes inquietos. Más allá de la eficacia del triángulo amoroso, está lo puramente cinematográfico. En ese aspecto, “Madame de” es una delicia.
Hay que ver lo bien que funciona el blanco y negro, amigos.

@SantiagoNeg

lunes, 25 de noviembre de 2013

DECLARACIÓN DE INTENCIONES

El mundo se divide en dos, Tuco: los que encañonan y los que cavan. El revólver lo tengo yo, así que ya puedes coger la pala
(Clint Eastwood en "El bueno, el feo y el malo")

Voy a hablar de cosas que me gustan. Alguna vez, me temo, hablaré de cosas que no me gustan. Puede que coincida con lo que te gusta a ti, o no, lo cierto es que me da un poco lo mismo. 

No hago este espacio para complacer a nadie, excepto a mí mismo. ¿Suena pretencioso, egocéntrico o excesivo? Puede que sea así, pero es que considero necesario poner claros los límites. Desde el principio, para que no tengamos confusiones innecesarias sobre lo que sucederá a partir de la siguiente entrada. Con esto quiero decir que no pienso entrar en discusiones absurdas ni en competiciones memas. ¿Te apetece leerme? Estupendo. ¿Tienes una crítica inteligente, argumentada y constructiva? Serás tomado en cuenta. Todo lo demás, se ignorará, y si hay un comentario que no me guste, será borrado con alegría torera. Por si había alguna duda, este blog no es una democracia. 

Hablaré, sobre todo, de cine, lo que yo creo que es una buena película, o justo lo contrario. Es posible que no coincida con las ideas que tú tienes al respecto. Bueno. 

Hablaré de cómics. Porque amo los cómics. En todo lo amplio del concepto.
Libros, de cuando en cuando, porque no es lo mío. Es decir, me gusta leer, pero no considero tener la autoridad o las herramientas como para hacer una buena crítica literaria. Me queda grande, eso es así.
Bienvenidos a mi mundo pues. Si os gusta, estáis invitados a quedaros. Si no, seguid vuestro camino. Porque, en este caso, el revolver lo tengo yo. 

@SantiagoNeg