viernes, 21 de febrero de 2014

El año pasado en Marienbad: tiempo y espacio


En nuestra última entrega, hablamos sobre “La Barrera”, rompedor ejercicio de cine experimento. Eran los años 60, y el cine se había ganado la entidad de arte por mérito de numerosos genios que habían explotado su magia a lo largo de décadas de fantasía, humo, espejos, héroes, villanos, y el contacto con la más descarnada realidad. Lo cierto es que el cine, a esas alturas, ya tenía un lenguaje e idiosincrasia personal que lo distinguía de otros medios de expresión artístico.
Pero, como decíamos en nuestra anterior película, las reglas están para saltárselas. Si algo caracterizó la década de los 60 es, precisamente, el espíritu revolucionario, el sentido de reescribir las reglas no escritas del arte, el pensamiento y la sociedad misma. “La Barrera” ofrecía un punto de inflexión respecto a las convenciones narrativas y la continuidad fílmica, pero si hay una película que ha quedado para la posteridad por establecer unas reglas similares ha sido “El año pasado en Marienbad”, la película que hoy ofrecemos.

En el suntuoso y barroco hotel, se celebra un encuentro de alta sociedad. Durante la fiesta, uno de los invitados aborda a una enigmática mujer, la intenta convencer de que se encontraron en ese mismo lugar un año antes, y que prometió que escaparía con él. La bella desconocida niega cualquier conocimiento, por lo que el hombre recordará cada uno de los detalles de ese encuentro.

Alain Resnais se recrea en la ensoñación y el recuerdo, armado de extrema ambigüedad y de valentía elegante. Nos convierte en observadores pasivos, prisioneros de su propia idea de narración y de estética. Pasea por los excesivos pasillos del palacete, y nos invita de manera indiscreta a conversaciones ya empezadas, espías voluntariosos de un grupo de sombras, de fantasmas sometidos a los caprichos del director, que conecta o desconecta a estas presencias a su placer. La cámara se desliza por vidas que nos son ajenas, y así permanecen, encadenados a los juegos visuales de un director travieso. La casa es un ente vivo, tan maleable como la propia historia que sirve de cimiento a la fantasía que el director nos propone. Resnais renuncia a las reglas básicas de la narración, sí, pero no a contar una historia.

Resnais se agarra con firmeza a la tradición oral, y separa con maestría la trama de su propuesta cinematográfica, puramente visual. Delega en los personajes la tarea de dar forma a la historia, mientras el se deleita en una serie de trabajos casi pictóricos, postales de costumbrismo burgués. Es el protagonista el auténtico encargado de construir su propia tragedia, atrapado en su propio laberinto, atado a su madeja de recuerdos que dan sentido a su pasado. Las relaciones entre los personajes se establecen a base de poderosos flashbaks, perturbadores viajes en el tiempo y en el espacio, que rompen con inusitada belleza los elementos y signos de puntuación de la narración audiovisual convencional. Al romper las reglas, establece las suyas propias, y Resnais se transforma en un alquimista que muta una vulgar historia de amor de alta sociedad en un fascinante viaje por el arte mismo de contar historias.

Un viaje que puede resultar incómodo, confuso, perturbador, sentimientos alimentados por la chirriante banda sonora, más propia del cine mudo, encargada de que cada uno de los pasos que damos por las estancias del hotel tengan aún más carácter de mal sueño.

Nosotros, como espectadores, nos convertimos en cómplices, encargados de atar cabos y rellenar huecos, posiblemente con más fe que verdad. ¿Ocurrió realmente esta historia de amor? ¿Son los personajes quienes dicen ser? ¿Es inevitable la tragedia en un triángulo amoroso? ¿Son fantasmas que se pasean por los recuerdos en piedra de las habitaciones del hotel, o sólo víctimas de los designios de un creador caprichoso?

Una película fascinante, diferente y producto de una época irrepetible. Este tipo de cine, que antaño llenaba salas, ha quedado relegado al arte y ensayo o a campos más experimentales, aunque de cuando en cuando surgen malabares cinematográficos de inspiración en esta asombrosa fiesta con cierto éxito masivo (como por ejemplo, la excelente Holy Motors, de Léos Carax). En todo caso, una excelente muestra de que el cine es algo más que lo evidente, y que su capacidad de fascinación y sorpresa está por encima de industrias y tendencias.

Dsifrutad, sorprenderos, maravillaros. La estancia en Marienbad invita a ello.




No hay comentarios:

Publicar un comentario