En nuestra última
entrega, hablamos sobre “La Barrera”, rompedor ejercicio de cine
experimento. Eran los años 60, y el cine se había ganado la
entidad de arte por mérito de numerosos genios que habían explotado
su magia a lo largo de décadas de fantasía, humo, espejos,
héroes, villanos, y el contacto con la más descarnada realidad. Lo
cierto es que el cine, a esas alturas, ya tenía un lenguaje e
idiosincrasia personal que lo distinguía de otros medios de
expresión artístico.
Pero, como decíamos en
nuestra anterior película, las reglas están para saltárselas. Si
algo caracterizó la década de los 60 es, precisamente, el espíritu
revolucionario, el sentido de reescribir las reglas no escritas
del arte, el pensamiento y la sociedad misma. “La Barrera”
ofrecía un punto de inflexión respecto a las convenciones
narrativas y la continuidad fílmica, pero si hay una película
que ha quedado para la posteridad por establecer unas reglas
similares ha sido “El año pasado en Marienbad”, la
película que hoy ofrecemos.
En el suntuoso y barroco
hotel, se celebra un encuentro de alta sociedad. Durante la fiesta,
uno de los invitados aborda a una enigmática mujer, la intenta
convencer de que se encontraron en ese mismo lugar un año antes, y
que prometió que escaparía con él. La bella desconocida niega
cualquier conocimiento, por lo que el hombre recordará cada uno de
los detalles de ese encuentro.
Alain Resnais se
recrea en la ensoñación y el recuerdo, armado de extrema ambigüedad
y de valentía elegante. Nos convierte en observadores pasivos,
prisioneros de su propia idea de narración y de estética. Pasea
por los excesivos pasillos del palacete, y nos invita de manera
indiscreta a conversaciones ya empezadas, espías voluntariosos
de un grupo de sombras, de fantasmas sometidos a los caprichos del
director, que conecta o desconecta a estas presencias a su placer. La
cámara se desliza por vidas que nos son ajenas, y así permanecen,
encadenados a los juegos visuales de un director travieso. La casa
es un ente vivo, tan maleable como la propia historia que sirve
de cimiento a la fantasía que el director nos propone. Resnais
renuncia a las reglas básicas de la narración, sí, pero no a
contar una historia.
Resnais se agarra con
firmeza a la tradición oral, y separa con maestría la trama de su
propuesta cinematográfica, puramente visual. Delega en los
personajes la tarea de dar forma a la historia, mientras el se
deleita en una serie de trabajos casi pictóricos, postales de
costumbrismo burgués. Es el protagonista el auténtico encargado de
construir su propia tragedia, atrapado en su propio laberinto, atado
a su madeja de recuerdos que dan sentido a su pasado. Las
relaciones entre los personajes se establecen a base de poderosos
flashbaks, perturbadores viajes en el tiempo y en el espacio, que
rompen con inusitada belleza los elementos y signos de puntuación de
la narración audiovisual convencional. Al romper las reglas,
establece las suyas propias, y Resnais se transforma en un alquimista
que muta una vulgar historia de amor de alta sociedad en un
fascinante viaje por el arte mismo de contar historias.
Un viaje que puede
resultar incómodo, confuso, perturbador, sentimientos alimentados
por la chirriante banda sonora, más propia del cine mudo, encargada
de que cada uno de los pasos que damos por las estancias del hotel
tengan aún más carácter de mal sueño.
Nosotros, como
espectadores, nos convertimos en cómplices, encargados de atar cabos
y rellenar huecos, posiblemente con más fe que verdad. ¿Ocurrió
realmente esta historia de amor? ¿Son los personajes quienes dicen
ser? ¿Es inevitable la tragedia en un triángulo amoroso? ¿Son
fantasmas que se pasean por los recuerdos en piedra de las
habitaciones del hotel, o sólo víctimas de los designios de un
creador caprichoso?
Una película
fascinante, diferente y producto de una época irrepetible. Este
tipo de cine, que antaño llenaba salas, ha quedado relegado al arte
y ensayo o a campos más experimentales, aunque de cuando en cuando
surgen malabares cinematográficos de inspiración en esta asombrosa
fiesta con cierto éxito masivo (como por ejemplo, la excelente Holy
Motors, de Léos Carax). En todo caso, una excelente muestra de
que el cine es algo más que lo evidente, y que su capacidad de
fascinación y sorpresa está por encima de industrias y tendencias.
Dsifrutad, sorprenderos,
maravillaros. La estancia en Marienbad invita a ello.


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