lunes, 10 de febrero de 2014

La Barrera: Las reglas están para saltárselas


Creo que es a Godard al que se le atribuye la célebre frase “Una película necesita un comienzo, un desarrollo y un final, pero no necesariamente por ese orden”. Y hay mucho de esa filosofía en la película que hoy os propongo, por ese afán de romper las reglas que se respira en cada fotograma.

La cinematografía polaca es uno de los más fascinantes conjuntos fílmicos de la historia del séptimo arte, me temo. Un cine valiente y comprometido, a pesar de los inferencias del régimen soviético, que ha dado al cine un puñado de directores de personalidad reconocible. Incluso se dieron una serie de extravagantes películas de temática fantástica, en clara ruptura con el modelo realista que imperaba durante la etapa con más contenido propagandístico, que nos ha dado curiosidades maravillosas como “El manuscrito encontrado en Zaragoza". Así que ya es hora de bucear por las hipnóticas aguas de este cine, y lo hacemos de manos de una de las películas más olvidadas del cine de los 60, “La Barrera”, dirigida por una mente brillante e inquieta, Jerzy Skolimowski.

Skolimowski atesora una rica filmografía, tanto en su faceta de director como actor y guionista. De hecho, uno de sus primeros trabajos fue la colaboración en el desarrollo del guión de “El cuchillo en el agua”, primera película de otro genio salido del Este, Roman Polanski. La película que tratamos hoy no es ni la más representativa ni la que más aplauso ha recibido por parte de crítica y público, pero sí es su incursión en el arte del cine que rompe los esquemas tradicionales de la narración audiovisual.

La Barrera nos cuenta la historia de un joven recién licenciado en medicina, que recorre las calles de Varsovia en plena era comunista, guiado por una misteriosa conductora de tranvía. Sumergido en una especie de sueño urbano, el joven se verá inmerso en la desquiciada vida nocturna de la ciudad, brillante y llena de vida.

Básicamente, esto es un “chico conoce chica” de libro, pero reducir la belleza del viaje iniciático en el que se ve envuelto el protagonista a ese cliché seria un insulto a la propia película. Desde la impactante escena inicial, Skolimovski deja claro que las convenciones y lugares comunes no tienen sitio en su historia, o, por lo menos, no como se espera. Rompe con alegría las normas de la linealidad, y construye una narración juguetona, extravagante, basada en una libertad fantástica y valiente. El director polaco plantea el paseo por esa fina línea que separa el sueño de la realidad, gracias a personajes límite y la magia de una ciudad viva. Los personajes campan a sus anchas por los escenarios, da la sensación de que ni siquiera piden permiso a su creador para salir a escena. Marcan los pasos de un baile desenfrenado a ritmo de jazz, tema principal de la desconcertante banda sonora, hija de su época y deudora de una de las filias melómanas de su director. La historia se baña en realismo mágico, sin perder un ápice de contacto con el entorno callejero y urbano, un equilibrio lleno de genial locura, que resulta en una narración rítmica y vibrante, ruptura total de convencionalismos y usos.

Ocurre que el espectador, por supuesto, ha de poner de su parte. Esa es otra de las dimensiones de este viaje, el juego con el público, que puede sorprenderse, divertirse, o incluso indignarse si no acepta las reglas. Pero si decidimos participar de la propuesta de Skolimovski, nos espera un retrato de la generación de postguerra, su desencanto y cacareado cinismo ante una realidad gris, pero también su capacidad de amar, aprender... en definitiva, vivir.

A pesar de las apariencias, esta narración no lineal no implica una falta de coherencia o renuncia a la historia. Lo que ocurre es que, como bien entiende el director polaco, a veces es más importante cómo se cuentan las cosas que el contenido de la narración. Entonces, salen divertimentos como éste. Y el cine demuestra entonces su identidad como arte por la puerta grande

@SantiagoNeg

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