Creo que es a Godard al que se le
atribuye la célebre frase “Una película necesita un comienzo, un
desarrollo y un final, pero no necesariamente por ese orden”. Y hay
mucho de esa filosofía en la película que hoy os propongo, por ese
afán de romper las reglas que se respira en cada fotograma.
La cinematografía polaca es uno de los
más fascinantes conjuntos fílmicos de la historia del séptimo
arte, me temo. Un cine valiente y comprometido, a pesar de los
inferencias del régimen soviético, que ha dado al cine un puñado
de directores de personalidad reconocible. Incluso se dieron una
serie de extravagantes películas de temática fantástica, en clara
ruptura con el modelo realista que imperaba durante la etapa con más
contenido propagandístico, que nos ha dado curiosidades maravillosas
como “El manuscrito encontrado en Zaragoza". Así que ya es hora de
bucear por las hipnóticas aguas de este cine, y lo hacemos de manos
de una de las películas más olvidadas del cine de los 60, “La
Barrera”, dirigida por una mente brillante e inquieta, Jerzy
Skolimowski.
Skolimowski atesora una rica
filmografía, tanto en su faceta de director como actor y guionista.
De hecho, uno de sus primeros trabajos fue la colaboración en el
desarrollo del guión de “El cuchillo en el agua”, primera
película de otro genio salido del Este, Roman Polanski. La película
que tratamos hoy no es ni la más representativa ni la que más
aplauso ha recibido por parte de crítica y público, pero sí es su
incursión en el arte del cine que rompe los esquemas tradicionales
de la narración audiovisual.
La Barrera nos cuenta la historia de un
joven recién licenciado en medicina, que recorre las calles de
Varsovia en plena era comunista, guiado por una misteriosa conductora
de tranvía. Sumergido en una especie de sueño urbano, el joven se
verá inmerso en la desquiciada vida nocturna de la ciudad, brillante
y llena de vida.
Básicamente, esto es un “chico
conoce chica” de libro, pero reducir la belleza del viaje
iniciático en el que se ve envuelto el protagonista a ese cliché
seria un insulto a la propia película. Desde la impactante escena
inicial, Skolimovski deja claro que las convenciones y lugares
comunes no tienen sitio en su historia, o, por lo menos, no como se
espera. Rompe con alegría las normas de la linealidad, y construye
una narración juguetona, extravagante, basada en una libertad
fantástica y valiente. El director polaco plantea el paseo por esa
fina línea que separa el sueño de la realidad, gracias a personajes
límite y la magia de una ciudad viva. Los personajes campan a sus
anchas por los escenarios, da la sensación de que ni siquiera piden
permiso a su creador para salir a escena. Marcan los pasos de un
baile desenfrenado a ritmo de jazz, tema principal de la
desconcertante banda sonora, hija de su época y deudora de una de
las filias melómanas de su director. La historia se baña en realismo mágico, sin perder un ápice de contacto con el entorno
callejero y urbano, un equilibrio lleno de genial locura, que resulta en una
narración rítmica y vibrante, ruptura total de convencionalismos y
usos.
Ocurre que el espectador, por supuesto,
ha de poner de su parte. Esa es otra de las dimensiones de este
viaje, el juego con el público, que puede sorprenderse, divertirse,
o incluso indignarse si no acepta las reglas. Pero si decidimos
participar de la propuesta de Skolimovski, nos espera un retrato de
la generación de postguerra, su desencanto y cacareado cinismo ante
una realidad gris, pero también su capacidad de amar, aprender... en
definitiva, vivir.
A pesar de las apariencias, esta
narración no lineal no implica una falta de coherencia o renuncia a
la historia. Lo que ocurre es que, como bien entiende el director
polaco, a veces es más importante cómo se cuentan las cosas que el
contenido de la narración. Entonces, salen divertimentos como éste.
Y el cine demuestra entonces su identidad como arte por la puerta
grande.
@SantiagoNeg


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