Son los objetos los
grandes protagonistas de esta historia. Definen a los personajes,
marcan su destino, se convierten en los grandes desencadenantes de
equívocos y desastres en la vida de los protagonistas. Es con
objetos como se nos presenta a Louis, ella misma una posesión como
otra cualquiera para su marido, el general de artillería
interpretado por Charles Boyer.
Louis vive en un lujo
imposible, incluso a espaldas de su marido. Decide deshacerse de unos
pendientes para solventar las cuantiosas deudas de su vida a todo
tren. Fueron un presente de su marido en la misma noche de bodas, por
lo que la venta se transforma en una demostración clara de lo que
siente la aristócrata por su matrimonio. Aunque convence al joyero
de mantener el secreto de la venta, éste comunica al esposo el
negocio que ha cerrado con Louis. El general no muestra signos de
enfado o emoción exaltada, si no que decide comprar de nuevo las
joyas, como regalo de despedida para la amante de la que se desprende
sin demasiadas ceremonias en un vagón de tren. Por cuestiones de
pragmatismo y comodidad, nada de amor o sentimientos enfrentados.
Pura y dura apariencia, y decoro propio de una relación de
conveniencia como la que mantiene con su mujer.
El círculo se cierra
cuando los pendientes acaban en manos de un embajador italiano, que
se enamora perdidamente de Louis, a la que regala de nuevo aquellos adornos de los que se deshizo meses atrás. Las joyas que había
despreciado en aquel momento, se transforman entonces en promesa de
felicidad, cambio y aventura. Hasta que el triángulo amoroso, las
mentiras y las manipulaciones hacen que Louise comprenda el fatídico
resultado de sus acciones.
La historia de amor no
daría para mucho más, si no fuese porque esta maravillosa película
cuenta con una magnífica labor detrás de la cámara. Max Ophüls
consigue su obra maestra gracias a, precisamente, esa importancia de
los objetos, el manejo de los espacios, el ritmo en movimiento que
imprime a cada plano. Los grandes salones de baile, los suntuosos
palacios, los enormes dormitorios, permiten a Ophüls el domino total
de los personajes. Las entradas y salidas marcan los cambios en la
escena, los secundarios fluyen alrededor de los protagonistas en su
propio océano de lujo y reglas sociales. Es tal la fijación del
director por el trasiego que la relación entre Louis y el
diplomático italiano, interpretado por Vittorio de Sicca, se hace
más fuerte de vals en vals, el único momento de intimidad física
que realmente comparten los enamorados. Hasta que duelen los pies,
hasta que nadie más queda en el salón, hasta que el violinista
ejecuta la última nota.
Más movimiento. Las
cartas secretas afianzan la amistad que deriva hacia el amor, tan
pasional como platónico, a pesar de las negativas iniciales de
Louise.
Los interiores son los
grandes escenarios de la película, pero es un exterior lo que marca
la segunda parte de la narración, dramatismo en natural marcado en
el rostro de Louis. Camina por la playa rota por la duda, pero admite
el naciente amor.
Aunque por la naturaleza
caprichosa y confusa de Louise, sus propias mentiras, la carga de su
rol femenino dentro de las cadenas impuestas por su rango social, pronto descubre la fantasía detrás de su ilusión, señalada como
mentirosa en un mundo en el que todo el mundo miente, nadie sabe lo
que otro hace a sus espaldas, hipocresía como modo de vida. Son los
objetos, de nuevo (esos malditos pendientes), los que certifican la
destrucción espiritual y física de la joven, sometida a la crueldad
de su indolente marido y al desprecio de su amante.
El mismo amor se
transforma en objeto. Muta de significado tanto como los propios
pendientes, el objeto/deseo/símbolo que sirve de cimientos para toda
la narración.
Esta película es uno de
esos clásicos que aparecen de manera recurrente en las listas de
“mejores películas” de los críticos profesionales. Admito que
mi encuentro con “Madame de” ha sido reciente y tardío. De
hecho, en principio, un drama sobre suspiros de amor en la alta
sociedad, no entra en mis preferencias. Pero las buenas películas
están por encima de su contexto, creo. A pesar de que no conecte del
todo con las psicologías de los protagonistas, o de sus diálogos un
tanto arcaicos, incluso para el decoro que se supone a una historia
enmarcada en palacios y embajadas. Su grandeza está en la de un
director, en el sentido del ritmo, en la sensación de continuidad y
fluidez dentro de enormes escenarios por los que la cámara juguetea
elegante con personajes inquietos. Más allá de la eficacia del
triángulo amoroso, está lo puramente cinematográfico. En ese
aspecto, “Madame de” es una delicia.
Hay que ver lo bien que
funciona el blanco y negro, amigos.
@SantiagoNeg


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