martes, 10 de diciembre de 2013

ZODIAC: Las otras víctimas del asesino



En cierto modo, y salvando todas las distancias, mi texto de hoy es una continuación del último post de este blog. Hay bastantes coincidencias en las historias de Hanging Rock y la película que propongo en esta ocasión. En ambas, un hecho cargado de misterio y tragedia desemboca en una obsesión malsana que descoloca la vida de los implicados. Más allá del episodio desencadenante, del crimen o de la pérdida, lo que de verdad llena de sentido la narración es la reacción posterior de aquellos que se ven envueltos en una tormenta personal destructiva y alienante.
Con Zodiac viajamos a uno de los conceptos manidos y desgastados del cine de Hollywood, el asesino serial. Se ha tratado su figura de mil maneras distintas, desde el sangriento mutilador de adolescentes chillones, al elegante y refinado depredador social, pasando por la personificación de neurosis y traumas variados. Lo cierto es que, con toda su carga iconográfica, la presencia del asesino en serie se ha transformado en un elemento más de la mitología estadounidense. Tanto es así que muchos de estos personajes, tanto cinematográficos como extraídos de la vida real, forman parte de la cultura popular, carne de postmodernismo y exaltación de lo más bajo del ser humano. Espejo de nuestros demonios interiores, no podemos evitar cierta fascinación por el mal absoluto que encarnan estas personificaciones de los rincones más enfermos de nuestra psique. Por suerte, David Fincher es un director que busca, en esta película, algo muy distinto a una orgía de sangre o un incómodo viaje a la trastornada mente del asesino.
Zodiac retrata el caso real acaecido entre finales de los 60 y principios de los 70, y que tuvo como protagonista al autodenominado “Asesino del Zodiaco”. Su coto de caza particular fue la zona de San Francisco, y llegó a ser un auténtico fenómeno social por el curioso culto hacia sí mismo que el asesino mostró a lo largo de su trayectoria. Fueron muchas las cartas dirigidas a los periódicos llenas de extraños acertijos y criptogramas. Su constante llamada de atención mediática transformó un difuso caso de asesinato en todo un espectáculo. Una suerte de caso de Jack el Destripador a la americana, tanto que, a día de hoy, se desconoce al auténtico autor de los asesinatos.
Pero igual que en Hanging Rock la desaparición de las chicas era una excusa para el desarrollo de una historia más intensa, el asesino se convierte aquí en un fantasma que amenaza las vidas de los protagonistas, un paso por encima del enésimo retrato criminal. Se introduce en sus vidas, en sus familias, en su día a día, y destroza cualquier atisbo de normalidad en la rutina de los protagonistas.
Fincher nos transporta con maestría a la época. Redacciones repletas de máquinas de escribir, policías incapaces de coordinarse por un arcaico modelo de colaboración entre departamentos, manejo del espacio gracias a una ciudad protagonista por sí misma, los objetos o la tecnología de aquel principio de los años 70. La experiencia es un auténtico viaje en el tiempo a un momento muy particular en la historia de los EEUU, el final del sueño psicodélico de los 60 y el golpe con la realidad que fue la década posterior. Pero mientras el mundo y la concepción de América cambiaban de manera radical, nuestros protagonistas parecen anclados en el tiempo, atrapados en un instante clave, en el que un psicópata desatado dispara sobre una pareja, línea de salida para un oleada de asesinatos sin sentido y patrón difuso. En su obsesión por desvelar la auténtica identidad del asesino, pierden todo lo que les conectaba con el mundo real, hasta que se desvanece la noción de si mismos más allá del misterio. Pierden familias, trabajo, salud, integridad, credibilidad, incluso humanidad. Cuando todo el mundo olvida el circo montado alrededor del Zodiaco, ellos continúan la persecución de un espectro.
Fincher es un director tan excepcional como irregular. No es el primer contacto con el mundo del asesino serial; ya cambió las reglas del juego del thriller moderno con la celebrada “Seven”. Además, ha realizado películas excepcionales como “La red social”, gamberradas conscientes de su exceso como”El club de la lucha”, o medianías inexplicables como “Los hombres que no amaban a las mujeres”. En todo caso, es un director elegante. Artificioso en ocasiones, pero su puesta en escena y dominio del tempo reduce la percepción de sus trucos de magia. Zodiac es, para mí, su mejor película. Porque saca a relucir todos sus aciertos como realizador, y muy pocos de sus defectos. Maneja el concepto temporal de manera brillante, con transiciones inteligentes que no hacen perder la coherencia a la narración, a pesar de que estamos hablando de un periodo de tiempo comprendido en casi 20 años, y con multitud de personajes principales implicados. Además, a pesar de su arenoso aspecto urbano, esta película está repleta de juegos de espejos y trucos digitales, pero tratados con tal destreza que no se rompe el sentido de lo natural en la propuesta visual de Fincher, de primer nivel, como casi siempre.
Una película magnífica, de lo mejor que ha dado el cine americano moderno, creo yo. Nos lleva de nuevo a ese lugar del que hablaba el el post anterior, el tiempo de sueño, una ensoñación en la que el mundo desaparece, lo real se difumina, y simplemente queda la obsesión, la verdad detrás de un velo casi místico, un santo grial escondido en la fina linea que separa la devoción de la locura. Un tiempo de sueño que, en este caso, disfrazaba a una pesadilla.

@SantiagoNeg

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