En cierto modo, y
salvando todas las distancias, mi texto de hoy es una continuación
del último post de este blog. Hay bastantes coincidencias en las
historias de Hanging Rock y la película que propongo en esta
ocasión. En ambas, un hecho cargado de misterio y tragedia desemboca
en una obsesión malsana que descoloca la vida de los implicados. Más
allá del episodio desencadenante, del crimen o de la pérdida, lo
que de verdad llena de sentido la narración es la reacción
posterior de aquellos que se ven envueltos en una tormenta personal
destructiva y alienante.
Con Zodiac viajamos a uno
de los conceptos manidos y desgastados del cine de Hollywood, el
asesino serial. Se ha tratado su figura de mil maneras distintas,
desde el sangriento mutilador de adolescentes chillones, al elegante
y refinado depredador social, pasando por la personificación de
neurosis y traumas variados. Lo cierto es que, con toda su carga
iconográfica, la presencia del asesino en serie se ha transformado
en un elemento más de la mitología estadounidense. Tanto es así
que muchos de estos personajes, tanto cinematográficos como
extraídos de la vida real, forman parte de la cultura popular, carne
de postmodernismo y exaltación de lo más bajo del ser humano.
Espejo de nuestros demonios interiores, no podemos evitar cierta
fascinación por el mal absoluto que encarnan estas personificaciones
de los rincones más enfermos de nuestra psique. Por suerte, David
Fincher es un director que busca, en esta película, algo muy
distinto a una orgía de sangre o un incómodo viaje a la trastornada
mente del asesino.
Zodiac retrata el caso
real acaecido entre finales de los 60 y principios de los 70, y que
tuvo como protagonista al autodenominado “Asesino del Zodiaco”.
Su coto de caza particular fue la zona de San Francisco, y llegó a
ser un auténtico fenómeno social por el curioso culto hacia sí
mismo que el asesino mostró a lo largo de su trayectoria. Fueron
muchas las cartas dirigidas a los periódicos llenas de extraños
acertijos y criptogramas. Su constante llamada de atención mediática
transformó un difuso caso de asesinato en todo un espectáculo. Una
suerte de caso de Jack el Destripador a la americana, tanto que, a
día de hoy, se desconoce al auténtico autor de los asesinatos.
Pero igual que en Hanging
Rock la desaparición de las chicas era una excusa para el desarrollo
de una historia más intensa, el asesino se convierte aquí en un
fantasma que amenaza las vidas de los protagonistas, un paso por
encima del enésimo retrato criminal. Se introduce en sus vidas, en
sus familias, en su día a día, y destroza cualquier atisbo de
normalidad en la rutina de los protagonistas.
Fincher nos transporta
con maestría a la época. Redacciones repletas de máquinas de
escribir, policías incapaces de coordinarse por un arcaico modelo de
colaboración entre departamentos, manejo del espacio gracias a una
ciudad protagonista por sí misma, los objetos o la tecnología de
aquel principio de los años 70. La experiencia es un auténtico
viaje en el tiempo a un momento muy particular en la historia de los
EEUU, el final del sueño psicodélico de los 60 y el golpe con la
realidad que fue la década posterior. Pero mientras el mundo y la
concepción de América cambiaban de manera radical, nuestros
protagonistas parecen anclados en el tiempo, atrapados en un instante
clave, en el que un psicópata desatado dispara sobre una pareja,
línea de salida para un oleada de asesinatos sin sentido y patrón
difuso. En su obsesión por desvelar la auténtica identidad del
asesino, pierden todo lo que les conectaba con el mundo real, hasta
que se desvanece la noción de si mismos más allá del misterio.
Pierden familias, trabajo, salud, integridad, credibilidad, incluso
humanidad. Cuando todo el mundo olvida el circo montado alrededor del
Zodiaco, ellos continúan la persecución de un espectro.
Fincher es un director
tan excepcional como irregular. No es el primer contacto con el mundo
del asesino serial; ya cambió las reglas del juego del thriller
moderno con la celebrada “Seven”. Además, ha realizado películas
excepcionales como “La red social”, gamberradas conscientes de su
exceso como”El club de la lucha”, o medianías inexplicables como
“Los hombres que no amaban a las mujeres”. En todo caso, es un
director elegante. Artificioso en ocasiones, pero su puesta en escena
y dominio del tempo reduce la percepción de sus trucos de magia.
Zodiac es, para mí, su mejor película. Porque saca a relucir todos
sus aciertos como realizador, y muy pocos de sus defectos. Maneja el
concepto temporal de manera brillante, con transiciones inteligentes
que no hacen perder la coherencia a la narración, a pesar de que
estamos hablando de un periodo de tiempo comprendido en casi 20 años,
y con multitud de personajes principales implicados. Además, a pesar
de su arenoso aspecto urbano, esta película está repleta de juegos
de espejos y trucos digitales, pero tratados con tal destreza que no
se rompe el sentido de lo natural en la propuesta visual de Fincher,
de primer nivel, como casi siempre.
Una película magnífica,
de lo mejor que ha dado el cine americano moderno, creo yo. Nos lleva
de nuevo a ese lugar del que hablaba el el post anterior, el tiempo
de sueño, una ensoñación en la que el mundo desaparece, lo real se
difumina, y simplemente queda la obsesión, la verdad detrás de un
velo casi místico, un santo grial escondido en la fina linea que
separa la devoción de la locura. Un tiempo de sueño que, en este
caso, disfrazaba a una pesadilla.
@SantiagoNeg


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