martes, 17 de diciembre de 2013

STALKER: Cuidado con lo que deseas



Andréi Tarkovski es uno de los más grandes directores de la historia del cine de esos creadores que dan sentido al grado de séptimo arte, armado con una idea muy determinada de cómo debe funcionar una película, tanto a nivel estético como narrativo. Su fama a nivel internacional se afianzó gracias a “Solaris”, película de ciencia ficción que se vendió en su momento como la “2001” soviética. El régimen comunista defendía así el film, transformado en un alarde partidista de la capacidad de producir al otro lado del muro películas con la misma calidad que los éxitos americanos. Con independencia de las machadas de la Guerra Fría, Tarkovski fue el primero en renegar del film, ya que lo consideraba un ejercicio de ciencia ficción pura, género que el autor despreciaba.
Lo que nos lleva a la producción protagonista de este post. Una película de ciencia ficción. De las que su autor abominaba. Pues sí que...
Lo que ocurre es que “Stalker” no es exactamente un ejercicio de género. Todo lo contrario, se disfraza para contarnos algo mucho más elaborado que la enésima historia de misterios de extraño origen, y nos traslada a un extraño viaje. Sigo, pues, con la idea que vengo defendiendo en mis últimos post, la del cine como portal a la ensoñación, a lugares oníricos , a búsquedas místicas que, en ocasiones, se transforman en pesadillas. “Stalker” es una muestra más de esas búsquedas, de esos lugares terribles y mágicos, salvo que, en esta ocasión, el entorno físico es real, el misterio brumoso es palpable, los personajes deambulan por el sueño mismo, a la búsqueda de un imposible.
Tarkovski nos traslada a “La Zona”, un lugar donde las leyes de la naturaleza han perdido el sentido. Nadie sabe con certeza que es lo que ocurrió, pero la mayoría de los que entran no vuelven a salir. El gobierno decide entonces prohibir la entrada a La Zona, cuyos alrededores se transforman en un auténtico fortín militarizado. Pero hay personas que son capaces de burlar la vigilancia, guías dentro de un mundo cambiante, con sus propias reglas. Son los Stalkers, caminantes de un mundo imposible.
La historia comienza cuando nuestro protagonista recibe el encargo de guiar a dos individuos hacia La Zona. Dichos personajes responden al nombre de “El Escritor” y “El Profesor”. Ambos han oído la leyenda. Dentro de La Zona hay una extraña habitación que concede los deseos más profundos de los visitantes. Allí quieren llegar, cada uno con propósitos muy distintos, dispuestos a pagar el precio más alto por el premio definitivo.
La Zona es un monstruo apocalíptico, naturaleza salvaje y edificios derruidos, deshabitada y construida sobre unas peligrosas reglas. Sólo los Stalkers son capaces de descifrar los desafíos, reconocer los caminos, entender los avisos. La Zona es una prueba, un viaje espiritual y físico a la búsqueda del Santo Grial.
Tarkovski hace suyo el argumento de “Picnic al borde del camino”, cuento escrito por los hermanos Arcadi y Boris Strugatski, que también firman el guión de la película. En él, renuncian a todos los elementos de ciencia ficción pura para adaptar el planteamiento inicial de su historia a las exigencias argumentales de Tarkovski, que no estaba nada convencido del tono del cuento original. La película renuncia al efectismo, y se centra en las emociones, las reflexiones de los personajes sobre su propia existencia y naturaleza de sus deseos, el poder hipnótico de La Zona, un desolado paraje que juega con sus propias reglas, amenazador e insólito. Como espectadores, aprendemos al mismo tiempo que los demás viajeros, el Stalker se transforma así en nuestro guía; aunque no entendemos el juego tenebroso de La Zona, avanzamos porque entendemos que no es nuestro mundo, que lo único que podemos hacer es dejarnos guiar por los secretos del lugar.
Tarkovski despliega todo su arsenal estilístico. Largos planos, estudiados al milímetro, sin aspavientos y exageraciones. Si la cámara se mueve, es por una razón. Porque La Zona está viva, es un personaje más, y se intercala su destartalado aspecto con la angustia de personajes que no acaban de entender sus reglas. Largas conversaciones y monólogos, intercalados con poemas, desbordan la inquietud existencial de hombres hastiados de sus propias vidas, confusos, solitarios y llenos de dudas. ¿Saben realmente que es lo que quieren de esa habitación?
El agua es una presencia constante, en cada uno de los planos, incluso integrada en la extraña e hipnótica banda sonora, un goteo atronador que impide el silencio. Cuando los humanos callan, La Zona sigue hablando, en forma de ruido, de fluir contante. Agua que desaparece en el momento del climax, y la habitación se transforma en un desierto, una potente imagen, llena de belleza, en el punto exacto donde los personajes se enfrentan a la posibilidad de la muerte.
Tarkovski juega con el color, nos marca la diferencia entre el mundo real y La Zona. De un contrastado sepia, agobiante y crudo, pasa al color en el extraño lugar, algo más que un truco visual, que se transforma en indispensable en el modelo de narrativa que ha planteado el director, tal y como descubrimos en la parte final de la historia y hace aparición la hija del protagonista. La Zona funciona de manera diferente, es un mundo aparte, con sus propia realidad. Es curioso, porque me recuerda a otro gran viaje que usa un recurso similar: “El mago de Oz”, la película de 1939 dirigida por Victor Fleming, que ya usaba el blanco y negro contrastado con el color para situar las diferencias entre mundos.
La película sufrió un accidente en la máquina de revelado. Gran parte del contenido original se perdió, y Tarkovski consiguió financiación para un nuevo rodaje, aunque mucho más escaso que el inicial. Por eso rodó dos partes, una primera con la mayoría de la película original que se salvó, y la segunda que contendría todo el nuevo material rodado. A pesar de los escollos, Tarkovski rodó su película. Fuera de los convencionalismos del género que, en principio, marcaban la pauta de la premisa. Construye una película hermosa, casi pictórica en según que momentos, de ritmo pausado, un encuentro recurrente con el concepto de búsqueda mística, que tantos mitos ha nutrido. La Zona es ese otro mundo del que hablamos en post anteriores, en forma física, terrible y desesperante. Los hombres buscan su sueño, su esperanza, su deseo. La fe en algo más grande que los pesares humanos mueve cada paso del camino fijado por el Stalker, una suerte de gurú autoconvencido de la grandeza de su misión, pero que esconde la certeza de que fuera de La Zona no es más que un pobre hombre, un paria.
No es una película fácil. No está repleta de trepidantes persecuciones, efectos especiales y razas extraterrestres. Se basa en algo mucho más sencillo, y a la vez más trascendente. La propia naturaleza humana, sus miedos, los aspectos más lúgubres de nuestra existencia.
Al fin y al cabo, entrar en La Zona implica un paseo por nuestra propia alma.

@SantiagoNeg

martes, 10 de diciembre de 2013

ZODIAC: Las otras víctimas del asesino



En cierto modo, y salvando todas las distancias, mi texto de hoy es una continuación del último post de este blog. Hay bastantes coincidencias en las historias de Hanging Rock y la película que propongo en esta ocasión. En ambas, un hecho cargado de misterio y tragedia desemboca en una obsesión malsana que descoloca la vida de los implicados. Más allá del episodio desencadenante, del crimen o de la pérdida, lo que de verdad llena de sentido la narración es la reacción posterior de aquellos que se ven envueltos en una tormenta personal destructiva y alienante.
Con Zodiac viajamos a uno de los conceptos manidos y desgastados del cine de Hollywood, el asesino serial. Se ha tratado su figura de mil maneras distintas, desde el sangriento mutilador de adolescentes chillones, al elegante y refinado depredador social, pasando por la personificación de neurosis y traumas variados. Lo cierto es que, con toda su carga iconográfica, la presencia del asesino en serie se ha transformado en un elemento más de la mitología estadounidense. Tanto es así que muchos de estos personajes, tanto cinematográficos como extraídos de la vida real, forman parte de la cultura popular, carne de postmodernismo y exaltación de lo más bajo del ser humano. Espejo de nuestros demonios interiores, no podemos evitar cierta fascinación por el mal absoluto que encarnan estas personificaciones de los rincones más enfermos de nuestra psique. Por suerte, David Fincher es un director que busca, en esta película, algo muy distinto a una orgía de sangre o un incómodo viaje a la trastornada mente del asesino.
Zodiac retrata el caso real acaecido entre finales de los 60 y principios de los 70, y que tuvo como protagonista al autodenominado “Asesino del Zodiaco”. Su coto de caza particular fue la zona de San Francisco, y llegó a ser un auténtico fenómeno social por el curioso culto hacia sí mismo que el asesino mostró a lo largo de su trayectoria. Fueron muchas las cartas dirigidas a los periódicos llenas de extraños acertijos y criptogramas. Su constante llamada de atención mediática transformó un difuso caso de asesinato en todo un espectáculo. Una suerte de caso de Jack el Destripador a la americana, tanto que, a día de hoy, se desconoce al auténtico autor de los asesinatos.
Pero igual que en Hanging Rock la desaparición de las chicas era una excusa para el desarrollo de una historia más intensa, el asesino se convierte aquí en un fantasma que amenaza las vidas de los protagonistas, un paso por encima del enésimo retrato criminal. Se introduce en sus vidas, en sus familias, en su día a día, y destroza cualquier atisbo de normalidad en la rutina de los protagonistas.
Fincher nos transporta con maestría a la época. Redacciones repletas de máquinas de escribir, policías incapaces de coordinarse por un arcaico modelo de colaboración entre departamentos, manejo del espacio gracias a una ciudad protagonista por sí misma, los objetos o la tecnología de aquel principio de los años 70. La experiencia es un auténtico viaje en el tiempo a un momento muy particular en la historia de los EEUU, el final del sueño psicodélico de los 60 y el golpe con la realidad que fue la década posterior. Pero mientras el mundo y la concepción de América cambiaban de manera radical, nuestros protagonistas parecen anclados en el tiempo, atrapados en un instante clave, en el que un psicópata desatado dispara sobre una pareja, línea de salida para un oleada de asesinatos sin sentido y patrón difuso. En su obsesión por desvelar la auténtica identidad del asesino, pierden todo lo que les conectaba con el mundo real, hasta que se desvanece la noción de si mismos más allá del misterio. Pierden familias, trabajo, salud, integridad, credibilidad, incluso humanidad. Cuando todo el mundo olvida el circo montado alrededor del Zodiaco, ellos continúan la persecución de un espectro.
Fincher es un director tan excepcional como irregular. No es el primer contacto con el mundo del asesino serial; ya cambió las reglas del juego del thriller moderno con la celebrada “Seven”. Además, ha realizado películas excepcionales como “La red social”, gamberradas conscientes de su exceso como”El club de la lucha”, o medianías inexplicables como “Los hombres que no amaban a las mujeres”. En todo caso, es un director elegante. Artificioso en ocasiones, pero su puesta en escena y dominio del tempo reduce la percepción de sus trucos de magia. Zodiac es, para mí, su mejor película. Porque saca a relucir todos sus aciertos como realizador, y muy pocos de sus defectos. Maneja el concepto temporal de manera brillante, con transiciones inteligentes que no hacen perder la coherencia a la narración, a pesar de que estamos hablando de un periodo de tiempo comprendido en casi 20 años, y con multitud de personajes principales implicados. Además, a pesar de su arenoso aspecto urbano, esta película está repleta de juegos de espejos y trucos digitales, pero tratados con tal destreza que no se rompe el sentido de lo natural en la propuesta visual de Fincher, de primer nivel, como casi siempre.
Una película magnífica, de lo mejor que ha dado el cine americano moderno, creo yo. Nos lleva de nuevo a ese lugar del que hablaba el el post anterior, el tiempo de sueño, una ensoñación en la que el mundo desaparece, lo real se difumina, y simplemente queda la obsesión, la verdad detrás de un velo casi místico, un santo grial escondido en la fina linea que separa la devoción de la locura. Un tiempo de sueño que, en este caso, disfrazaba a una pesadilla.

@SantiagoNeg

miércoles, 27 de noviembre de 2013

MADAME DE... El cine es movimiento

Ella discute consigo misma. Recorre su habitación, sopesa el amor que tiene por cada uno de los objetos que llenan armarios y cajones. No vemos su cara, escuchamos sus pensamientos en voz alta, y la primera vez que vemos su rostro, es su imagen reflejada en un espejo. Porque así es la existencia de Louise, un espejismo que se nutre de fantasías de niña rica. Hija de su tiempo, vive en un matrimonio de conveniencia que, al fin y al cabo, proporciona la seguridad en jaula de oro que viste y decora su belleza de colección.
Son los objetos los grandes protagonistas de esta historia. Definen a los personajes, marcan su destino, se convierten en los grandes desencadenantes de equívocos y desastres en la vida de los protagonistas. Es con objetos como se nos presenta a Louis, ella misma una posesión como otra cualquiera para su marido, el general de artillería interpretado por Charles Boyer.
Louis vive en un lujo imposible, incluso a espaldas de su marido. Decide deshacerse de unos pendientes para solventar las cuantiosas deudas de su vida a todo tren. Fueron un presente de su marido en la misma noche de bodas, por lo que la venta se transforma en una demostración clara de lo que siente la aristócrata por su matrimonio. Aunque convence al joyero de mantener el secreto de la venta, éste comunica al esposo el negocio que ha cerrado con Louis. El general no muestra signos de enfado o emoción exaltada, si no que decide comprar de nuevo las joyas, como regalo de despedida para la amante de la que se desprende sin demasiadas ceremonias en un vagón de tren. Por cuestiones de pragmatismo y comodidad, nada de amor o sentimientos enfrentados. Pura y dura apariencia, y decoro propio de una relación de conveniencia como la que mantiene con su mujer.
El círculo se cierra cuando los pendientes acaban en manos de un embajador italiano, que se enamora perdidamente de Louis, a la que regala de nuevo aquellos adornos de los que se deshizo meses atrás. Las joyas que había despreciado en aquel momento, se transforman entonces en promesa de felicidad, cambio y aventura. Hasta que el triángulo amoroso, las mentiras y las manipulaciones hacen que Louise comprenda el fatídico resultado de sus acciones.

La historia de amor no daría para mucho más, si no fuese porque esta maravillosa película cuenta con una magnífica labor detrás de la cámara. Max Ophüls consigue su obra maestra gracias a, precisamente, esa importancia de los objetos, el manejo de los espacios, el ritmo en movimiento que imprime a cada plano. Los grandes salones de baile, los suntuosos palacios, los enormes dormitorios, permiten a Ophüls el domino total de los personajes. Las entradas y salidas marcan los cambios en la escena, los secundarios fluyen alrededor de los protagonistas en su propio océano de lujo y reglas sociales. Es tal la fijación del director por el trasiego que la relación entre Louis y el diplomático italiano, interpretado por Vittorio de Sicca, se hace más fuerte de vals en vals, el único momento de intimidad física que realmente comparten los enamorados. Hasta que duelen los pies, hasta que nadie más queda en el salón, hasta que el violinista ejecuta la última nota.
Más movimiento. Las cartas secretas afianzan la amistad que deriva hacia el amor, tan pasional como platónico, a pesar de las negativas iniciales de Louise.
Los interiores son los grandes escenarios de la película, pero es un exterior lo que marca la segunda parte de la narración, dramatismo en natural marcado en el rostro de Louis. Camina por la playa rota por la duda, pero admite el naciente amor.
Aunque por la naturaleza caprichosa y confusa de Louise, sus propias mentiras, la carga de su rol femenino dentro de las cadenas impuestas por su rango social, pronto descubre la fantasía detrás de su ilusión, señalada como mentirosa en un mundo en el que todo el mundo miente, nadie sabe lo que otro hace a sus espaldas, hipocresía como modo de vida. Son los objetos, de nuevo (esos malditos pendientes), los que certifican la destrucción espiritual y física de la joven, sometida a la crueldad de su indolente marido y al desprecio de su amante.
El mismo amor se transforma en objeto. Muta de significado tanto como los propios pendientes, el objeto/deseo/símbolo que sirve de cimientos para toda la narración.
Esta película es uno de esos clásicos que aparecen de manera recurrente en las listas de “mejores películas” de los críticos profesionales. Admito que mi encuentro con “Madame de” ha sido reciente y tardío. De hecho, en principio, un drama sobre suspiros de amor en la alta sociedad, no entra en mis preferencias. Pero las buenas películas están por encima de su contexto, creo. A pesar de que no conecte del todo con las psicologías de los protagonistas, o de sus diálogos un tanto arcaicos, incluso para el decoro que se supone a una historia enmarcada en palacios y embajadas. Su grandeza está en la de un director, en el sentido del ritmo, en la sensación de continuidad y fluidez dentro de enormes escenarios por los que la cámara juguetea elegante con personajes inquietos. Más allá de la eficacia del triángulo amoroso, está lo puramente cinematográfico. En ese aspecto, “Madame de” es una delicia.
Hay que ver lo bien que funciona el blanco y negro, amigos.

@SantiagoNeg

lunes, 25 de noviembre de 2013

DECLARACIÓN DE INTENCIONES

El mundo se divide en dos, Tuco: los que encañonan y los que cavan. El revólver lo tengo yo, así que ya puedes coger la pala
(Clint Eastwood en "El bueno, el feo y el malo")

Voy a hablar de cosas que me gustan. Alguna vez, me temo, hablaré de cosas que no me gustan. Puede que coincida con lo que te gusta a ti, o no, lo cierto es que me da un poco lo mismo. 

No hago este espacio para complacer a nadie, excepto a mí mismo. ¿Suena pretencioso, egocéntrico o excesivo? Puede que sea así, pero es que considero necesario poner claros los límites. Desde el principio, para que no tengamos confusiones innecesarias sobre lo que sucederá a partir de la siguiente entrada. Con esto quiero decir que no pienso entrar en discusiones absurdas ni en competiciones memas. ¿Te apetece leerme? Estupendo. ¿Tienes una crítica inteligente, argumentada y constructiva? Serás tomado en cuenta. Todo lo demás, se ignorará, y si hay un comentario que no me guste, será borrado con alegría torera. Por si había alguna duda, este blog no es una democracia. 

Hablaré, sobre todo, de cine, lo que yo creo que es una buena película, o justo lo contrario. Es posible que no coincida con las ideas que tú tienes al respecto. Bueno. 

Hablaré de cómics. Porque amo los cómics. En todo lo amplio del concepto.
Libros, de cuando en cuando, porque no es lo mío. Es decir, me gusta leer, pero no considero tener la autoridad o las herramientas como para hacer una buena crítica literaria. Me queda grande, eso es así.
Bienvenidos a mi mundo pues. Si os gusta, estáis invitados a quedaros. Si no, seguid vuestro camino. Porque, en este caso, el revolver lo tengo yo. 

@SantiagoNeg