Andréi Tarkovski es uno
de los más grandes directores de la historia del cine de esos
creadores que dan sentido al grado de séptimo arte, armado con una
idea muy determinada de cómo debe funcionar una película, tanto a
nivel estético como narrativo. Su fama a nivel internacional se
afianzó gracias a “Solaris”, película de ciencia ficción que
se vendió en su momento como la “2001” soviética. El régimen
comunista defendía así el film, transformado en un alarde
partidista de la capacidad de producir al otro lado del muro
películas con la misma calidad que los éxitos americanos. Con
independencia de las machadas de la Guerra Fría, Tarkovski fue el
primero en renegar del film, ya que lo consideraba un ejercicio de
ciencia ficción pura, género que el autor despreciaba.
Lo que nos lleva a la
producción protagonista de este post. Una película de ciencia
ficción. De las que su autor abominaba. Pues sí que...
Lo que ocurre es que
“Stalker” no es exactamente un ejercicio de género. Todo lo
contrario, se disfraza para contarnos algo mucho más elaborado que
la enésima historia de misterios de extraño origen, y nos traslada
a un extraño viaje. Sigo, pues, con la idea que vengo defendiendo en
mis últimos post, la del cine como portal a la ensoñación, a
lugares oníricos , a búsquedas místicas que, en ocasiones, se
transforman en pesadillas. “Stalker” es una muestra más de esas
búsquedas, de esos lugares terribles y mágicos, salvo que, en esta
ocasión, el entorno físico es real, el misterio brumoso es
palpable, los personajes deambulan por el sueño mismo, a la búsqueda
de un imposible.
Tarkovski nos traslada a
“La Zona”, un lugar donde las leyes de la naturaleza han perdido
el sentido. Nadie sabe con certeza que es lo que ocurrió, pero la
mayoría de los que entran no vuelven a salir. El gobierno decide
entonces prohibir la entrada a La Zona, cuyos alrededores se
transforman en un auténtico fortín militarizado. Pero hay personas
que son capaces de burlar la vigilancia, guías dentro de un mundo
cambiante, con sus propias reglas. Son los Stalkers, caminantes de un
mundo imposible.
La historia comienza
cuando nuestro protagonista recibe el encargo de guiar a dos
individuos hacia La Zona. Dichos personajes responden al nombre de
“El Escritor” y “El Profesor”. Ambos han oído la leyenda.
Dentro de La Zona hay una extraña habitación que concede los deseos
más profundos de los visitantes. Allí quieren llegar, cada uno con
propósitos muy distintos, dispuestos a pagar el precio más alto por
el premio definitivo.
La Zona es un monstruo
apocalíptico, naturaleza salvaje y edificios derruidos, deshabitada
y construida sobre unas peligrosas reglas. Sólo los Stalkers son
capaces de descifrar los desafíos, reconocer los caminos, entender
los avisos. La Zona es una prueba, un viaje espiritual y físico a la
búsqueda del Santo Grial.
Tarkovski hace suyo el
argumento de “Picnic al borde del camino”, cuento escrito por los
hermanos Arcadi y Boris Strugatski, que también firman el guión de
la película. En él, renuncian a todos los elementos de ciencia
ficción pura para adaptar el planteamiento inicial de su historia a
las exigencias argumentales de Tarkovski, que no estaba nada
convencido del tono del cuento original. La película renuncia al
efectismo, y se centra en las emociones, las reflexiones de los
personajes sobre su propia existencia y naturaleza de sus deseos, el
poder hipnótico de La Zona, un desolado paraje que juega con sus
propias reglas, amenazador e insólito. Como espectadores, aprendemos
al mismo tiempo que los demás viajeros, el Stalker se transforma así
en nuestro guía; aunque no entendemos el juego tenebroso de La Zona,
avanzamos porque entendemos que no es nuestro mundo, que lo único
que podemos hacer es dejarnos guiar por los secretos del lugar.
Tarkovski despliega todo
su arsenal estilístico. Largos planos, estudiados al milímetro, sin
aspavientos y exageraciones. Si la cámara se mueve, es por una
razón. Porque La Zona está viva, es un personaje más, y se
intercala su destartalado aspecto con la angustia de personajes que
no acaban de entender sus reglas. Largas conversaciones y monólogos,
intercalados con poemas, desbordan la inquietud existencial de
hombres hastiados de sus propias vidas, confusos, solitarios y llenos
de dudas. ¿Saben realmente que es lo que quieren de esa habitación?
El agua es una presencia
constante, en cada uno de los planos, incluso integrada en la extraña
e hipnótica banda sonora, un goteo atronador que impide el silencio.
Cuando los humanos callan, La Zona sigue hablando, en forma de ruido,
de fluir contante. Agua que desaparece en el momento del climax, y la
habitación se transforma en un desierto, una potente imagen, llena
de belleza, en el punto exacto donde los personajes se enfrentan a la
posibilidad de la muerte.
Tarkovski juega con el
color, nos marca la diferencia entre el mundo real y La Zona. De un
contrastado sepia, agobiante y crudo, pasa al color en el extraño
lugar, algo más que un truco visual, que se transforma en
indispensable en el modelo de narrativa que ha planteado el director,
tal y como descubrimos en la parte final de la historia y hace
aparición la hija del protagonista. La Zona funciona de manera
diferente, es un mundo aparte, con sus propia realidad. Es curioso,
porque me recuerda a otro gran viaje que usa un recurso similar: “El
mago de Oz”, la película de 1939 dirigida por Victor Fleming, que
ya usaba el blanco y negro contrastado con el color para situar las
diferencias entre mundos.
La película sufrió un
accidente en la máquina de revelado. Gran parte del contenido
original se perdió, y Tarkovski consiguió financiación para un
nuevo rodaje, aunque mucho más escaso que el inicial. Por eso rodó
dos partes, una primera con la mayoría de la película original que
se salvó, y la segunda que contendría todo el nuevo material
rodado. A pesar de los escollos, Tarkovski rodó su película. Fuera
de los convencionalismos del género que, en principio, marcaban la
pauta de la premisa. Construye una película hermosa, casi pictórica
en según que momentos, de ritmo pausado, un encuentro recurrente con
el concepto de búsqueda mística, que tantos mitos ha nutrido. La
Zona es ese otro mundo del que hablamos en post anteriores, en forma
física, terrible y desesperante. Los hombres buscan su sueño, su
esperanza, su deseo. La fe en algo más grande que los pesares
humanos mueve cada paso del camino fijado por el Stalker, una suerte
de gurú autoconvencido de la grandeza de su misión, pero que
esconde la certeza de que fuera de La Zona no es más que un pobre
hombre, un paria.
No es una película
fácil. No está repleta de trepidantes persecuciones, efectos
especiales y razas extraterrestres. Se basa en algo mucho más
sencillo, y a la vez más trascendente. La propia naturaleza humana,
sus miedos, los aspectos más lúgubres de nuestra existencia.
Al fin y al cabo, entrar
en La Zona implica un paseo por nuestra propia alma.
@SantiagoNeg


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