jueves, 19 de diciembre de 2013

Walkabout: El noble salvaje



Me gustaría cerrar el ciclo de cine/ensoñación justo donde lo empecé, en Australia. Fue con Picnic en Hanging Rock donde dimos comienzo a una serie de películas muy diferentes, pero con rasgos similares en cuanto al tratamiento del misterio. Hablábamos del “Tiempo de sueño”, mito génesis de los aborígenes australianos, que nos transportaba a un tiempo fuera del tiempo. Ahí es a donde hemos viajado con Zodiac, en su forma de obsesión pesadillesca que arranca a los protagonistas de la realidad. También nos sirvió como excusa para adentrarnos en La Zona, en el viaje alucinante que planteaba Tarkovski en “Stalker”. Y de la mano de Stalker retornamos a la cuna espiritual del Tiempo de Sueño, el desierto australiano, hipnótico y terrible.
Walkabout nos narra la peripecia en la que se ven envueltos dos hermanos cuando su padre, misteriosamente, intenta asesinarlos en medio del desierto australiano. Ante su fallida intentona, se suicida, y deja a sus hijos a merced de un entorno hostil.
Perdidos, desorientados, sedientos, cuando están a punto de rendirse, se cruzan con un joven aborigen en pleno rito de iniciación, que se convierte en su única esperanza de sobrevivir en medio de ninguna parte.
“Walkabout”, el título de la película, hace referencia, precisamente, a ese rito iniciático por el que pasa el joven aborigen, que marca la diferencia entre el niño y el hombre. Un viaje en solitario donde se pone a prueba la capacidad de supervivencia como adulto dentro de la tribu.
En cierto modo, y salvando todas las distancias de fondo y forma, nos sumergimos en un viaje similar al propuesto por Stalker, dos seres abrumados por un mundo cuyas reglas no entienden, y que dependen del guía que conoce la forma de sobrevivir a la rudeza del entorno. Un lugar tan misterioso y apabullante como La Zona de Tarkovski. Australia  se envuelve de misterio que vimos en Hanging Rock, la naturaleza se viste de bella amenaza, inmisericorde con aquellos que se pierden en lo desconocido.
Quizá, Walkabout sea una fábula sobre el impacto del choque cultural, del enfrentamiento entre la implacable naturaleza, el hogar del aborigen, y el mundo burgués de los muchachos. De hecho, Nicholas Roeg no se anda con chiquitas, y usa un poderoso referente visual para marcar la diferencia abismal entre las dos realidades, un muro que sirve de frontera narrativa entre las comodidades del mundo civilizado y la posibilidad de la muerte más solitaria en las fauces del desierto. Creo que quedarse con eso sería simplificar mucho la película.
Más allá de la anécdota cultural, Walkabout es misterio. Es la tensión sexual que se crea entre la adolescente protagonista y el muchacho aborigen. Es el poder de lo salvaje, la llamada de la selva, el retorno a la esencia  que ocultamos por el maquillaje de la civilización. El viaje en solitario del joven se transforma en una experiencia grupal que roza lo místico. Incluso aunque la película nos oculte deliberadamente muchos puntos que empobrecerían el resultado final. El cierre es abrupto y deja abierto a la imaginación lo que ocurre en el corazón de la adolescente, que sigue atrapada en lo más íntimo en una ensoñación que retrotrae a esos días de libertad infinita.
Es una película ruda, pero de bella factura, a veces demasiado evidente en el mensaje maniqueo sobre el empobrecimiento espiritual de la civilización. Pero, como digo, Walkabout es algo mucho más complejo, e infinitamente más bello que las miles de películas bienintencionadas de mensaje cursi y tópico.
Como en Stalker, muchas veces no comprendemos la razón por la que sucede lo que sucede. Pero no hace falta, no queremos, estamos sumergidos en el Tiempo de Sueño, en la fantasía que rodea a los tres muchachos, fuera de la realidad triste y demoledora. Esa es la tragedia de Walkabout. La realidad aparece y el sueño se desvanece.

@SantiagoNeg

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