Me gustaría cerrar el
ciclo de cine/ensoñación justo donde lo empecé, en Australia. Fue
con Picnic en Hanging Rock donde dimos comienzo a una serie de
películas muy diferentes, pero con rasgos similares en cuanto al
tratamiento del misterio. Hablábamos del “Tiempo de sueño”,
mito génesis de los aborígenes australianos, que nos transportaba a
un tiempo fuera del tiempo. Ahí es a donde hemos viajado con Zodiac,
en su forma de obsesión pesadillesca que arranca a los protagonistas
de la realidad. También nos sirvió como excusa para adentrarnos en
La Zona, en el viaje alucinante que planteaba Tarkovski en “Stalker”.
Y de la mano de Stalker retornamos a la cuna espiritual del Tiempo de
Sueño, el desierto australiano, hipnótico y terrible.
Walkabout nos narra la
peripecia en la que se ven envueltos dos hermanos cuando su padre,
misteriosamente, intenta asesinarlos en medio del desierto
australiano. Ante su fallida intentona, se suicida, y deja a sus
hijos a merced de un entorno hostil.
Perdidos, desorientados,
sedientos, cuando están a punto de rendirse, se cruzan con un joven
aborigen en pleno rito de iniciación, que se convierte en su única
esperanza de sobrevivir en medio de ninguna parte.
“Walkabout”, el
título de la película, hace referencia, precisamente, a ese rito
iniciático por el que pasa el joven aborigen, que marca la
diferencia entre el niño y el hombre. Un viaje en solitario donde se
pone a prueba la capacidad de supervivencia como adulto dentro de la
tribu.
En cierto modo, y
salvando todas las distancias de fondo y forma, nos sumergimos en un
viaje similar al propuesto por Stalker, dos seres abrumados por un
mundo cuyas reglas no entienden, y que dependen del guía que conoce
la forma de sobrevivir a la rudeza del entorno. Un lugar tan
misterioso y apabullante como La Zona de Tarkovski. Australia se envuelve de misterio que vimos en Hanging Rock, la naturaleza se viste
de bella amenaza, inmisericorde con aquellos que se pierden en lo
desconocido.
Quizá, Walkabout sea una
fábula sobre el impacto del choque cultural, del enfrentamiento
entre la implacable naturaleza, el hogar del aborigen, y el mundo
burgués de los muchachos. De hecho, Nicholas Roeg no se anda con
chiquitas, y usa un poderoso referente visual para marcar la
diferencia abismal entre las dos realidades, un muro que sirve de
frontera narrativa entre las comodidades del mundo civilizado y la
posibilidad de la muerte más solitaria en las fauces del desierto.
Creo que quedarse con eso sería simplificar mucho la película.
Más allá de la anécdota
cultural, Walkabout es misterio. Es la tensión sexual que se crea
entre la adolescente protagonista y el muchacho aborigen. Es el poder
de lo salvaje, la llamada de la selva, el retorno a la esencia que ocultamos por el maquillaje de la civilización. El viaje
en solitario del joven se transforma en una experiencia grupal que
roza lo místico. Incluso aunque la película nos oculte
deliberadamente muchos puntos que empobrecerían el resultado final. El cierre es abrupto y deja abierto a la imaginación lo que
ocurre en el corazón de la adolescente, que sigue atrapada en lo más
íntimo en una ensoñación que retrotrae a esos días de libertad
infinita.
Es una película ruda,
pero de bella factura, a veces demasiado evidente en el mensaje
maniqueo sobre el empobrecimiento espiritual de la civilización.
Pero, como digo, Walkabout es algo mucho más complejo, e
infinitamente más bello que las miles de películas
bienintencionadas de mensaje cursi y tópico.
Como en Stalker, muchas
veces no comprendemos la razón por la que sucede lo que sucede. Pero
no hace falta, no queremos, estamos sumergidos en el Tiempo de Sueño,
en la fantasía que rodea a los tres muchachos, fuera de la realidad
triste y demoledora. Esa es la tragedia de Walkabout. La realidad
aparece y el sueño se desvanece.
@SantiagoNeg


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