“Los ojos sin rostro”
es una película de amor enfermizo. Es un cuento gótico. Es el
horror llevado al realismo urbano, a la rutina burguesa de mediados
del siglo XX. Es un puñado de ideas que conectan de manera brillante
en el elegante cine de Georges Franju, simbólico, sencillo, obsesivo
y melimétrico.
Hablemos un poco de la
historia de esta película. En el momento de su estreno, “Los ojos
sin rostro” fue carne de polémica, incomprendida y vilipendiada
por la crítica y el público. Sonoro es su paso por el festival de
Edimburgo, que provoco reacciones bastante flamígeras, hasta el
punto de que un periodista preguntó al autor con bastante ira “¿Por
qué ha hecho usted esto?” Se podían leer titulares en los
periódicos como “Francia se deshonra”. El director acabó
soltando perlas como “No me extraña que los escoceses llevan
falda”. Una bronca que dio literatura de sobra para la historia del
cine, además de dar más gasolina a la polémica creada alrededor de
la escena más escabrosa de la cinta, y que tanta bilis generó. La
película fue tan machacada que en algunos países se estreno como un
relleno de serie B, e incluso como parte de un excéntrico programa
doble en el caso de su exhibición en Estados Unidos (donde, además,
sufrió un escandaloso recorte al metraje original).
Es evidente que, en los
parámetros actuales de la violencia cinematográfica, “Los ojos
sin rostro” es hasta inocente y recatada. Las vísceras han sido el
reclamo con el que directores muy débiles perpetraban naderías que
han desgastado el género y el concepto de violencia hasta hacerlo
ridículo e incluso autoparódico. Pero esta película es precursora
en muchos de esos conceptos, ahora trillados. La diferencia es que
Franju utiliza el artificio de lo explícito con intenciones muy
alejadas de servir un espectáculo para los amantes de las emociones
fuertes. Lo hace porque parte de una base para contar su historia, y
es que lo imposible ha de mostrarse de la forma más real posible. Y
eso es su argumento, muy de peso, para tomar decisiones rompedoras.
Donde otros directores tomaban partido por la elipsis más o menos
elegante, Franju muestra toda la crudeza del crimen.
Antes de llegar a ese
momento climático por definición, pongamos un poco en antecedentes.
La historia cuenta la
tragedia de la familia Genessier. En un accidente de tráfico,
provocado por él mismo, su hija Christiane sufrió terribles heridas
que destruyeron su rostro, convertido en un amasijo de carne y
músculo al vivo. Obsesionado por que su hija recupere la belleza
perdida, comienza una serie de experimentos que le llevan a cometer
crímenes atroces, a la búsqueda de jóvenes muchachas con los
rasgos parecidos a los de su hija.
El doctor Gennesier se
una así a la nutrida colección de doctores locos de la que tanto se
alimenta la literatura fantástica. Está muy cerca del doctor
Frankenstein, pero la diferencia consiste en que el plan último no
es cambiar las reglas de la naturaleza. Es un acto de amor, o quizá
de control definitivo sobre la vida de su hija. Lo único cierto y
palpable es que está dispuesto a cruzar todas las barreras éticas y
legales para la consecución de ese objetivo. Incluso a pesar de los
deseos de su hija, claro, y de su propia conciencia.
Franju, en plenos años
60, con el color ampliamente instalado, elije el blanco y negro, lo
que da más empaque a su propuesta, tenebrosa, construida a base de
sólidos ladrillos narrativos extraídos del cuento gótico, la
novela pulp e incluso de la serie negra, mezclados con la identidad
de un director que renuncia a los artificios innecesarios para que el
entorno creado resulte creíble, y terrible. La sensación de
normalidad perversa se palpa en cada escena. Escapa de la idea
truculenta de unos excesos que otro director menos habilidoso habría
convertido en referenciales y repetitivos. Cuando vemos el rostro
desfigurado de Christiane, lo hacemos a través de los ojos de una de
las víctimas del doctor, aún afectada por la anestesia. Un rostro
borroso que nos adivina su horrible deformidad, mostrada en una
solución inteligente e impactante.
Lo que nos lleva a la
escena que tanto dio que hablar en su momento. Franju no se corta un
pelo, y nos muestra con todo lujo de detalles (con todo el lujo de
detalles que permitían los efectos especiales de la época, claro)
la operación de cambio de rostro. Más que la sangría quirúrgica,
que efectivamente, en aquel amanecer de la década de los 60 tuvo que
ser un trago para los espectadores, los años han dado la dimensión
real de la potencia de este fragmento. La tensión se mastica. Franju
se olvida de todos los elementos secundarios de la escena. Ni
siquiera hay banda sonora, truco primario para desviar la atención y
llenar huecos narrativos. No hace falta. Un par de planos, y se
construye una escena premeditadamente larga, que se regodea en el
instante.
Es evidente que, a estas
alturas, el realismo de la propuesta ha quedado para la anécdota.
Eso es bueno para la película, porque así podemos centrar nuestra
atención en sus múltiples aciertos. La magistral creación de
ambientes, el uso del espacio, el modelo heredero de las películas
mudas, con enormes espacios de tiempo entre diálogos (los paseos de
Christiane por la mansión, su jaula de oro, son de una belleza
trágica demoledora).
El final, lleno de carga
simbólica, y al mismo tiempo, explosión de terribles consecuencias
y violencia descarnada, es realmente bello. Esa es la palabra que se
me viene a la cabeza, con todo lo cursi que puede parecer. Resulta
que “Los ojos sin rostro” habla de la libertad. Del deseo de
vivir. Porque eso es lo que entendemos de Christiane. Ya estaba
muerta. Detrás de su máscara yace un cascarón inerte, sin emoción.
Un pedazo de pasado en movimiento, confuso, una niebla que se
arrastra por la mansión.
Una gran película, un
tanto olvidada. Convivió con otra película defenestrada en su
época, precisamente por su tratamiento explícito del crimen,
Peeping Tom, de la que hablaremos en otro momento. Además, creo, no
cayó su espíritu en balde, y ha servido de inspiración para otras
películas. No creo que sea el único que ha visto lugares comunes
entre la obra de Fanju y “La piel que habito”, de Pedro
Almodovar.
Terror de antaño, sin
artificios, armado con la fuerza de la historia y la tragedia de sus
personajes. Una poesía extraña y cruda, pero poesía al fin y al
cabo.
@SantiagoNeg



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