viernes, 27 de diciembre de 2013

Los ojos sin rostro: Poesía en carne viva


 “Los ojos sin rostro” es una película de amor enfermizo. Es un cuento gótico. Es el horror llevado al realismo urbano, a la rutina burguesa de mediados del siglo XX. Es un puñado de ideas que conectan de manera brillante en el elegante cine de Georges Franju, simbólico, sencillo, obsesivo y melimétrico.

Hablemos un poco de la historia de esta película. En el momento de su estreno, “Los ojos sin rostro” fue carne de polémica, incomprendida y vilipendiada por la crítica y el público. Sonoro es su paso por el festival de Edimburgo, que provoco reacciones bastante flamígeras, hasta el punto de que un periodista preguntó al autor con bastante ira “¿Por qué ha hecho usted esto?” Se podían leer titulares en los periódicos como “Francia se deshonra”. El director acabó soltando perlas como “No me extraña que los escoceses llevan falda”. Una bronca que dio literatura de sobra para la historia del cine, además de dar más gasolina a la polémica creada alrededor de la escena más escabrosa de la cinta, y que tanta bilis generó. La película fue tan machacada que en algunos países se estreno como un relleno de serie B, e incluso como parte de un excéntrico programa doble en el caso de su exhibición en Estados Unidos (donde, además, sufrió un escandaloso recorte al metraje original).

Es evidente que, en los parámetros actuales de la violencia cinematográfica, “Los ojos sin rostro” es hasta inocente y recatada. Las vísceras han sido el reclamo con el que directores muy débiles perpetraban naderías que han desgastado el género y el concepto de violencia hasta hacerlo ridículo e incluso autoparódico. Pero esta película es precursora en muchos de esos conceptos, ahora trillados. La diferencia es que Franju utiliza el artificio de lo explícito con intenciones muy alejadas de servir un espectáculo para los amantes de las emociones fuertes. Lo hace porque parte de una base para contar su historia, y es que lo imposible ha de mostrarse de la forma más real posible. Y eso es su argumento, muy de peso, para tomar decisiones rompedoras. Donde otros directores tomaban partido por la elipsis más o menos elegante, Franju muestra toda la crudeza del crimen.

Antes de llegar a ese momento climático por definición, pongamos un poco en antecedentes.
La historia cuenta la tragedia de la familia Genessier. En un accidente de tráfico, provocado por él mismo, su hija Christiane sufrió terribles heridas que destruyeron su rostro, convertido en un amasijo de carne y músculo al vivo. Obsesionado por que su hija recupere la belleza perdida, comienza una serie de experimentos que le llevan a cometer crímenes atroces, a la búsqueda de jóvenes muchachas con los rasgos parecidos a los de su hija.

El doctor Gennesier se una así a la nutrida colección de doctores locos de la que tanto se alimenta la literatura fantástica. Está muy cerca del doctor Frankenstein, pero la diferencia consiste en que el plan último no es cambiar las reglas de la naturaleza. Es un acto de amor, o quizá de control definitivo sobre la vida de su hija. Lo único cierto y palpable es que está dispuesto a cruzar todas las barreras éticas y legales para la consecución de ese objetivo. Incluso a pesar de los deseos de su hija, claro, y de su propia conciencia.

Franju, en plenos años 60, con el color ampliamente instalado, elije el blanco y negro, lo que da más empaque a su propuesta, tenebrosa, construida a base de sólidos ladrillos narrativos extraídos del cuento gótico, la novela pulp e incluso de la serie negra, mezclados con la identidad de un director que renuncia a los artificios innecesarios para que el entorno creado resulte creíble, y terrible. La sensación de normalidad perversa se palpa en cada escena. Escapa de la idea truculenta de unos excesos que otro director menos habilidoso habría convertido en referenciales y repetitivos. Cuando vemos el rostro desfigurado de Christiane, lo hacemos a través de los ojos de una de las víctimas del doctor, aún afectada por la anestesia. Un rostro borroso que nos adivina su horrible deformidad, mostrada en una solución inteligente e impactante.

Lo que nos lleva a la escena que tanto dio que hablar en su momento. Franju no se corta un pelo, y nos muestra con todo lujo de detalles (con todo el lujo de detalles que permitían los efectos especiales de la época, claro) la operación de cambio de rostro. Más que la sangría quirúrgica, que efectivamente, en aquel amanecer de la década de los 60 tuvo que ser un trago para los espectadores, los años han dado la dimensión real de la potencia de este fragmento. La tensión se mastica. Franju se olvida de todos los elementos secundarios de la escena. Ni siquiera hay banda sonora, truco primario para desviar la atención y llenar huecos narrativos. No hace falta. Un par de planos, y se construye una escena premeditadamente larga, que se regodea en el instante.

Es evidente que, a estas alturas, el realismo de la propuesta ha quedado para la anécdota. Eso es bueno para la película, porque así podemos centrar nuestra atención en sus múltiples aciertos. La magistral creación de ambientes, el uso del espacio, el modelo heredero de las películas mudas, con enormes espacios de tiempo entre diálogos (los paseos de Christiane por la mansión, su jaula de oro, son de una belleza trágica demoledora).

El final, lleno de carga simbólica, y al mismo tiempo, explosión de terribles consecuencias y violencia descarnada, es realmente bello. Esa es la palabra que se me viene a la cabeza, con todo lo cursi que puede parecer. Resulta que “Los ojos sin rostro” habla de la libertad. Del deseo de vivir. Porque eso es lo que entendemos de Christiane. Ya estaba muerta. Detrás de su máscara yace un cascarón inerte, sin emoción. Un pedazo de pasado en movimiento, confuso, una niebla que se arrastra por la mansión.

Una gran película, un tanto olvidada. Convivió con otra película defenestrada en su época, precisamente por su tratamiento explícito del crimen, Peeping Tom, de la que hablaremos en otro momento. Además, creo, no cayó su espíritu en balde, y ha servido de inspiración para otras películas. No creo que sea el único que ha visto lugares comunes entre la obra de Fanju y “La piel que habito”, de Pedro Almodovar.
Terror de antaño, sin artificios, armado con la fuerza de la historia y la tragedia de sus personajes. Una poesía extraña y cruda, pero poesía al fin y al cabo.

@SantiagoNeg

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