lunes, 23 de diciembre de 2013

Una de miedo: Vampyr



Cambiamos de tercio, aunque esta película, y muchas de las que vendrán a continuación, bien se podrían haber incluido en ese pequeño ciclo dedicado a las ensoñaciones cinematográficas. Porque mucho tiene de eso, de fantasía alucinatoria, de viaje a otros mundos oscuros y llenos de maldad fantasmagórica. Como toda buena historia de terror, claro, bebe de esa máxima goyesca, “El sueño de la razón produce monstruos”. La historias de horror más clásico se nutren de la superstición y el miedo primitivo arraigado en el espíritu humano, de donde escapan criaturas como el vampiro, mito que se ha visto desmoronado por el giro que ha sufrido en esencia. De maldad pura lujuriosa, de imagen impresa del deseo destructivo y de la pasión enferma, ha pasado por al lánguida tortura existencialista, y mutado finalmente en un galán inofensivo, carne de suspiros adolescentes, gracias a esa obra nefanda e infecta que es la saga “Crepúsculo” y sus chupasangre vegetarianos y brillantes.
Recuperamos y reivindicamos el espíritu prostituido del señor de las sombras por antonomasia, y que tantas pesadillas de calidad ha regalado en una u otra forma de relato, antes de que la apisonadora ridícula del postmodernismo lo transformase en la memez domesticada que el mundo del espectáculo ha construido para disfrute de espectadores mansos.
Dreyer es un maestro de maestros, uno de los directores más importante de la historia del cine, que con un puñado de películas daba contenido a un arte en construcción. Su idea de como debía funcionar una película era inamovible; su forma de entender la realización, el modelo narrativo, el trabajo actoral, hicieron de su cine un todo complejo y fascinante. A veces, incluso, era contradictorio, puesto que era un defensor a ultranza del realismo, hasta el punto de que estaba en contra del uso del maquillaje en sus actores; al mismo tiempo, proclamaba la idea de trascender ese realismo, y no se cortaba a la hora del uso de efectos especiales y trucos de magia, en especial evidente con la película que hoy tratamos. Lo que está claro es que era un director de un poder visual rompedor y único, que además daba contenido a sus películas con reflexiones llenas de emotividad filosófica, enclavado en una cruzada personal por la exploración de los rincones más íntimos del ser humano.
De Vampyr dijo Alferd Hitchcock que era la única película que merecía la pena ver más de una vez. Ahí es nada. Aparte de filias y fobias, Vampyr es un cuento gótico, con todos los elementos reconocibles del género. Casas tenebrosas, personajes siniestros, seres de ultratumba, y toda la pirotecnia que se espera de una fantasía visual como la que propone Dreyer. Un extraño híbrido entre en cine mudo y el sonoro, que se rodó sin diálogos en un principio. Fueron incluidos en el montaje posterior, así que casi todo el metraje carece de la voz de los protagonistas. Toda la narración cae en la acción de los actores y en los innumerables trucos que el director guarda en su maleta de genio. El uso de los interiores es magistral, armado con una cámara inquieta, majestuosa y viva. Dreyer busca a sus protagonistas integrados en las extrañas dependencias de la casa de huéspedes, o el minimalista “castillo” donde habita el monstruo. Las sombras cobran vida propia, abracadabrá técnico tan potente que incluso Copola en su versión de Drácula incluyó un juego parecido. 
Nos sumergimos en el hipnótico ambiente que crea el realizador, gracias a su neblinoso blanco y negro, al inteligente y fantasmagórico uso de la luz, a los primeros planos donde la emoción se diluye entre la locura o la sorpresa terrorífica a la que se ven sometidos los protagonistas una y otra vez. El uso de los efectos especiales es asombroso, a pesar de las limitaciones en una época tan primaria para la historia del cine. Es una genialidad el momento en el que el protagonista cae dormido y se transforma en una especie de espectro, un viajero por el mundo onírico (de ahí, entre otras razones, que esta película merece su título de “Tiempo de Sueño”, aunque la dejamos fuera del ciclo), extraño pasaje cuyo climax es el encontronazo con su propio funeral. El encontronazo perfecto entre el surrealismo y el expresionismo.
Dreyer deja un poco de lado al filósofo y deja lucir al esteta. No renuncia ni en un solo plano a su idea petrea de película, y da una lección de narrativa visual sobre la que no queda más remedio que aplaudir emocionado cuando la cinta llega a su fin.
Es evidente que, dentro de los parámetros actuales, la película de Dreyer no produce la sensación de horror que quizá en otro tiempo sí conseguía. Pero aún así, el inquietante mundo creado por el director continúa fabricando la sensación incómoda de mal sueño. Claro que, podríamos hablar durante horas acerca de los conceptos que el cine de terror actual maneja, y de que significa el propio término. No sé si el cine moderno del género saldría bien parado.
Para el guión, Dreyer usa como base el clásico “Carmilla”, de Sheridan Le Fanu, una de los primeros referentes literarios acerca de la concepción moderna del vampiro, y que inspiró incluso a Stroker en la escritura de su “Drácula”. No solo eso, también ha servido de esqueleto para películas de lo más variopinto, afectadas por el brumoso contenido lésbico de la historia original. Dreyer se aleja del erotismo de segunda categoría, incluso ignora la connotación sexual de la que muchas veces se ha vestido al mito (incluida la obra de Stroker) y juega con el concepto de “Bruja Vampiro” que concedía Le Fanu a su escrito. Pero nada más. La historia y su impacto visual se bastan y se sobran sin insinuaciones mediocres.
Dreyer jugaba en una liga muy superior como para necesitar tamañas necedades.

@SantiagoNeg

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