Cambiamos de tercio,
aunque esta película, y muchas de las que vendrán a continuación,
bien se podrían haber incluido en ese pequeño ciclo dedicado a las
ensoñaciones cinematográficas. Porque mucho tiene de eso, de
fantasía alucinatoria, de viaje a otros mundos oscuros y llenos de
maldad fantasmagórica. Como toda buena historia de terror, claro,
bebe de esa máxima goyesca, “El sueño de la razón produce
monstruos”. La historias de horror más clásico se nutren de la
superstición y el miedo primitivo arraigado en el espíritu humano,
de donde escapan criaturas como el vampiro, mito que se ha visto
desmoronado por el giro que ha sufrido en esencia. De maldad pura
lujuriosa, de imagen impresa del deseo destructivo y de la pasión
enferma, ha pasado por al lánguida tortura existencialista, y mutado
finalmente en un galán inofensivo, carne de suspiros adolescentes,
gracias a esa obra nefanda e infecta que es la saga “Crepúsculo”
y sus chupasangre vegetarianos y brillantes.
Recuperamos y
reivindicamos el espíritu prostituido del señor de las sombras por
antonomasia, y que tantas pesadillas de calidad ha regalado en una u
otra forma de relato, antes de que la apisonadora ridícula del
postmodernismo lo transformase en la memez domesticada que el mundo
del espectáculo ha construido para disfrute de espectadores mansos.
Dreyer es un maestro de
maestros, uno de los directores más importante de la historia del
cine, que con un puñado de películas daba contenido a un arte en
construcción. Su idea de como debía funcionar una película era
inamovible; su forma de entender la realización, el modelo
narrativo, el trabajo actoral, hicieron de su cine un todo complejo y
fascinante. A veces, incluso, era contradictorio, puesto que era un
defensor a ultranza del realismo, hasta el punto de que estaba en
contra del uso del maquillaje en sus actores; al mismo tiempo,
proclamaba la idea de trascender ese realismo, y no se cortaba a la
hora del uso de efectos especiales y trucos de magia, en especial
evidente con la película que hoy tratamos. Lo que está claro es que
era un director de un poder visual rompedor y único, que además
daba contenido a sus películas con reflexiones llenas de emotividad
filosófica, enclavado en una cruzada personal por la exploración de
los rincones más íntimos del ser humano.
De Vampyr dijo Alferd
Hitchcock que era la única película que merecía la pena ver más
de una vez. Ahí es nada. Aparte de filias y fobias, Vampyr es un
cuento gótico, con todos los elementos reconocibles del género.
Casas tenebrosas, personajes siniestros, seres de ultratumba, y toda
la pirotecnia que se espera de una fantasía visual como la que
propone Dreyer. Un extraño híbrido entre en cine mudo y el sonoro,
que se rodó sin diálogos en un principio. Fueron incluidos en el
montaje posterior, así que casi todo el metraje carece de la voz de
los protagonistas. Toda la narración cae en la acción de los
actores y en los innumerables trucos que el director guarda en su
maleta de genio. El uso de los interiores es magistral, armado con
una cámara inquieta, majestuosa y viva. Dreyer busca a sus
protagonistas integrados en las extrañas dependencias de la casa de
huéspedes, o el minimalista “castillo” donde habita el monstruo.
Las sombras cobran vida propia, abracadabrá técnico tan potente que
incluso Copola en su versión de Drácula incluyó un juego parecido.
Nos sumergimos en el hipnótico ambiente que crea el realizador,
gracias a su neblinoso blanco y negro, al inteligente y
fantasmagórico uso de la luz, a los primeros planos donde la emoción
se diluye entre la locura o la sorpresa terrorífica a la que se ven
sometidos los protagonistas una y otra vez. El uso de los efectos
especiales es asombroso, a pesar de las limitaciones en una época
tan primaria para la historia del cine. Es una genialidad el momento
en el que el protagonista cae dormido y se transforma en una especie
de espectro, un viajero por el mundo onírico (de ahí, entre otras
razones, que esta película merece su título de “Tiempo de Sueño”,
aunque la dejamos fuera del ciclo), extraño pasaje cuyo climax es el
encontronazo con su propio funeral. El encontronazo perfecto entre el surrealismo y el expresionismo.
Dreyer deja un poco de
lado al filósofo y deja lucir al esteta. No renuncia ni en un solo
plano a su idea petrea de película, y da una lección de narrativa
visual sobre la que no queda más remedio que aplaudir emocionado
cuando la cinta llega a su fin.
Es evidente que, dentro
de los parámetros actuales, la película de Dreyer no produce la
sensación de horror que quizá en otro tiempo sí conseguía. Pero
aún así, el inquietante mundo creado por el director continúa
fabricando la sensación incómoda de mal sueño. Claro que,
podríamos hablar durante horas acerca de los conceptos que el cine
de terror actual maneja, y de que significa el propio término. No sé
si el cine moderno del género saldría bien parado.
Para el guión, Dreyer
usa como base el clásico “Carmilla”, de Sheridan Le Fanu,
una de los primeros referentes literarios acerca de la concepción
moderna del vampiro, y que inspiró incluso a Stroker en la escritura
de su “Drácula”. No solo eso, también ha servido de esqueleto
para películas de lo más variopinto, afectadas por el brumoso
contenido lésbico de la historia original. Dreyer se aleja del
erotismo de segunda categoría, incluso ignora la connotación sexual
de la que muchas veces se ha vestido al mito (incluida la obra de
Stroker) y juega con el concepto de “Bruja Vampiro” que concedía
Le Fanu a su escrito. Pero nada más. La historia y su impacto visual
se bastan y se sobran sin insinuaciones mediocres.
Dreyer jugaba en una liga
muy superior como para necesitar tamañas necedades.
@SantiagoNeg



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